Max
"¿Conoces la diferencia entre un rottweiler y una madre?", pregunta la de Max a su hijo en un momento de la trama. La respuesta será desvelada al final del texto e ilustra a la perfección lo que esta intuye que ha de venir, y su hijo, desde una extraña candidez para alguien que ha sobrevivido a las trincheras de Ypres, parece ignorar por completo.
A Max lo interpreta John Cusack, magnífico actor que siempre resulta creíble además de atractivo aun careciendo de un brazo; es el caso en la película. La historia se sitúa en el Berlín inmediatamente posterior a la primera guerra mundial. El ejército derrotado haraganea por calles y tabernas en mitad de un depresivo y gélido ambiente postbélico mientras lame las heridas del orgullo herido. La sociedad vencida no es cualquier otra. Se trata de la cuna de Schiller, Bach, Goethe... e infinidad de pensadores y filósofos que han cubierto de gloria y encendidos sueños a toda una nación ensoberbecida. La que ahora arrastra los pies por barrios y plazas en busca de algo que llevarse a la boca, de un fuego junto al que calentar los huesos. Pero la vida debe continuar. La sociedad ha de abrirse camino de nuevo. Ponerse en marcha pese a las enormes deudas impuestas por las potencias vencedoras tras el tratado de Versalles (1919): Francia se anexionará Alsacia y Lorena, Polonia Prusia occidental, y un conjunto de naciones —Dinamarca, Bélgica, Checoslovaquia, Lituania— se harán con territorios antes en poder de la potencia imperial, además de las colonias que poseía en ultramar al final del conflicto; todo sumado a una colosal deuda en millones de marcos que se ha de satisfacer a las potencias vencedoras: Francia y Reino Unido, principalmente. Tras la abdicación del káiser, el antiguo imperio da lugar a la república de Weimar, la que enfrenta la humillación y se hace cargo de la restitución de la deuda afrontando, entre enormes tensiones políticas y una inflación galopante, el coste de la guerra perdida. Hasta que el crash bursátil del año 1929 propicie el fin de la república y el ascenso del nacional socialismo al poder. Frente a los exiguos ingresos con que cuentan las familias para hacer frente a tanta adversidad, no tardan en aparecer voces oportunistas que saben avivar los rescoldos que todavía permanecen en los corazones alemanes. Canalizar el odio, el resentimiento, la culpa hacia el lugar adecuado. Un pueblo hostigado, expulsado y humillado en tantas ocasiones a lo largo de la historia de Europa, que parece puesto a propósito para cargar con la responsabilidad colectiva y ser, de paso, despojado de sus bienes: El pueblo judío, la burguesía capitalista que acapara banca e industria —el dinero, en suma— se halla tan cerca, que resultaría absurdo no culpabilizarlo. A pesar de que —se aclara en la película— cien mil judíos alemanes sirvieron en los distintos frentes donde se libró la guerra; cuarenta mil de ellos, voluntarios.
Sólo resta pues, dar con el relato. La
vía para convencer a la sociedad de que es hacia ellos hacia donde deben
enfocar el resentimiento. A los intoxicadores no les resulta difícil
encontrar la válvula que avivará el odio —tal vez latía ya en el imaginario desde mucho antes—, y, azuzados por la envidia, mostrar en qué manos se
encuentra aún la riqueza. El problema está —deciden— en la limpieza de sangre.
En la pureza. En la eugenesia: "Los judíos se mantienen puros, no se
mezclan con otras razas como ha hecho la sociedad alemana durante generaciones. Hacia ahí se ha
de volver la mirada, hacia la construcción de una nueva sociedad que, a imagen de
la judía, mantenga la esencia y replique su éxito; y de paso, arrincone y
acelere el exterminio de los molestos y acaparadores semitas", viene a
decir, más o menos, un joven y exaltado orador de nombre Adolf Hitler; de profesión, aprendiz de artista. Curiosamente, ese "artista" sirvió en
el frente en el mismo lugar que nuestro protagonista, Max Rothman. El primero salió
indemne —condujo ambulancias y fue gaseado en Ypres; y aunque se recuperó, le dolió más la derrota de Alemania que las secuelas del gas—; el segundo, por el contrario, perdió un brazo en el frente, como se dijo más arriba. Pero ahora
las tornas han cambiado: el primero trata de colocar al segundo —galerista—
unos dibujos sin alma ni personalidad en el mismo escenario donde exponen con éxito George Grosz, Max Ernst, Christian Schad... los vanguardistas de entreguerras. Tal vez
el hecho de no lograr siquiera mostrar su trabajo avive aún más el odio, el resentimiento
que alberga el antiguo cabo. Su camarada, en cambio, goza de fortuna, esposa,
amantes y una exquisita y acaudalada familia desde donde canaliza sus veleidades
artísticas: si no creando, si cobijando y difundiendo talento y arte.
Con todo, lo más sorprendente es
asistir al modo en que una persona —un siglo después el espectador conoce el
desenlace— va encontrando su lugar en el mundo: Hitler es el resultado del
rechazo —no fue admitido en la Academia de Bellas Artes de Viena—; del fracaso
—ferviente defensor del ejército alemán, ya en las trincheras se convence de
que son los judíos y los marxistas quienes traicionan a este asestándole una
puñalada por la espalda—; de la manipulación —una vez desmovilizado, tropas
fascistas lo invitan a dar rienda suelta a ese odio, a canalizarlo a través de
su encendida oratoria—; del fracaso como artista —aunque lo intenta, su pintura
no llega a emocionar ni denunciar—; de la falsedad —nunca estuvo del todo
esclarecido el supuesto acto heroico que lo llevó a ser condecorado—. Sin embargo, el espectador cae en la cuenta, lo mismo que el
personaje, de lo a gusto que este se va encontrando a medida que avanza la
trama, y es capaz de convocar a más gente en torno a unas ideas incendiarias. El
resto es historia.
Revisitada un siglo
después, asusta pensar lo poco que hemos aprendido de ella: el fascismo crece
imparable en el mundo entero —también en las dos Américas, antes patria de
tolerancia y acogida de disidentes y exiliados, hoy tan radicalmente
fascista como sus predecesores alemanes—, agitando en esta ocasión otros
fantasmas —el inmigrante, el pobre—, ya no los judíos, pues estos se han vuelto tan intolerantes y genocidas como lo fueron con ellos en el pasado.
"El perro dejará de morder
en algún momento", no así una madre, es la tenaz advertencia que hace la suya a nuestro protagonista. El instinto revela a esta el monstruoso fascismo que está en puertas y previne a su hijo
para que permanezca alejado de él. No adelanto nada al advertir que desoye su advertencia.

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