Henry Johnson

En ocasiones, una sola cabeza no basta para desentrañar los meandros de una historia. Eso es lo que ha ocurrido con la que hoy nos ocupa. Para tratar de comprender lo que el afamado dramaturgo, guionista y director David Mamet ha querido contarnos, siete integrantes del Cineclub Lumiere hemos tenido que emplearnos a fondo y analizar los tres fragmentos en los que el cineasta divide el relato. Siete "mentes afiladas y expertas" en esas lides, que frente a una cerveza y un bocadillo han ido tirando del hilo narrativo para, entre trago y mordisco, de manera deslavazada al principio y ordenada después, tratar de unir las piezas que conectan a dos socios de un prestigioso bufete neoyorquino con un cadáver en la biblioteca de una prisión, pasando antes por una celda del mismo centro penitenciario. Los tres únicos y claustrofóbicos escenarios que el autor necesita, en una economía de medios que remite a su faceta de creador teatral, para desarrollar la narración que desea contar. Emplea además con profusión, el plano corto y el primer plano en una apuesta técnica que contribuye a magnificar un ambiente de por sí opresivo y falto de ventilación. En ellos sitúa a los escasos personajes —apenas seis, uno de los cuales no aparecerá más que en las conversaciones del resto— para contar una historia de manipulación y falta de carácter. Pero, vayamos al lío. 

Impactados por la incontinencia verbal de los personajes en el filme Marisa, Xan, Pura, Luisa, Eugenia, Rafa y Miguel, los espectadores, abandonamos la sala aturdidos por la proyección. Ninguno de nosotros está muy seguro de lo que acaba de ver a oscuras. Es como si la ausencia de luz hubiese contribuido a nublar el entendimiento de todos. Marisa, incluso reconoce haber echado una cabezadita. Miguel busca en las caras del resto la misma estupefacción que a él le embarga: aun siendo aficionado a la obra de Mamet, debe admitir que no ha entendido nada. Habituados a lidiar con obras complejas, ya de camino al bar nos ponemos manos a la obra y analizamos la primera de esas tres escenas —ni una más necesita Mamet para desplegar su magia—, aquella en la que dos abogados debaten acerca de la relación de uno de ellos con un tercero —ausente durante toda la película por soberana decisión del autor, y exigiendo al espectador un esfuerzo extraordinario— quien será, sin embargo, el hilo conductor de toda la obra. 

Pero ¿qué razón mueve a uno de ellos, algo más joven, a solicitar trabajo al otro para un tercero, convicto y recién salido de prisión?, interpela Pura al resto, intentando resolver sus propias dudas. ¿Qué estrecho vínculo une al convicto y al joven para que éste acuda en su ayuda e interceda ante el veterano abogado en busca de un empleo para el expresidiario?, desea conocer Xan. Rafa, esclarecido, lanza alguna hipótesis. Nos recuerda que el convicto y el abogado joven fueron compañeros de facultad hace quince años. Que el primero demostraba encanto y dotes de seducción con las mujeres y que, en una ocasión, incluso llegó a ofrecerle a una de las dos que lo acompañaban, en un intento de confraternizar con él; cosa que este rechazó —tal vez por timidez o falta de confianza en sí mismo—, alegando que tenía que estudiar. Que aquel desprendía un aura de liderazgo y carácter capaz de embaucar a cuantos le rodeaban. No es que fuera especialmente brillante en los estudios o en la —corta— carrera profesional que más tarde desarrollaría, pero suplía esas carencias con una afabilidad desmedida. Instantes después, una vez sentados a la mesa del bar, Rafa vuelve a la carga y trae a colación la manera sutil en que el mayor de los abogados expone al otro las causas que llevaron a su amigo a prisión: cita un oscuro caso de violación e inducción al aborto, un forcejeo con penetración y lesiones, una condena a cinco años que hubiera sido mayor de no haber contado con un buen abogado, pues el que le asignaron de oficio fue rechazado, etcétera. Antes de pedir las consumiciones, Eugenia interviene para recordarnos el modo sutil en que el abogado veterano ha ido cercando al joven a través de preguntas capciosas y sutilmente planteadas, tratando de aclarar el grado de amistad que unía a los antiguos compañeros. Así sabremos que aquel —al que llamaremos Seductor, por aclararnos— escribía asiduamente a éste desde prisión y él le contestaba. Ejercía de confidente e incluso llegaron a citarse en un bar, una vez el Seductor abandono la prisión. Es cierto, interviene Miguel tratando de no perder comba, el abogado maduro logra que el otro confiese que se citaron en un bar, pero el encuentro no fue más allá del hecho de ver a su amigo partir cada noche con una mujer distinta. Luego la relación entre ambos no era todo lo estrecha que pudiera esperarse. Al final, Luisa interviene sagaz para recapitular las aportaciones del resto y concluir que, en efecto, no eran tan amigos; salvo que uno manipuló al otro para que aportase los 300.000 dólares que costó su defensa, quien los detrajo de la cuenta del bufete que compartía con el abogado mayor, razón por la cual terminó también entre rejas. Al menos, hemos aclarado una escena antes de hincar el diente a los bocadillos. 

Será durante el transcurso de la cena cuando, entre frases atropelladas con la boca llena, analicemos entusiasmados la segunda de esas escenas: la que nos muestra a nuestro cándido abogado en el proceso de instalarse en la celda a la que lo condujo su estupidez. Una vez allí, el compañero de celda, un bregado presidiario, lo pondrá al corriente de la vida carcelaria y lo ilustrará acerca de la actitud que ha de observar si desea mantener intactas la vida y las posaderas. En este punto se produce un cisma entre los integrantes del Cineclub. Rematados los bocadillos y con mayor capacidad expresiva por parte de todos, hay quien sostiene que el experimentado convicto y el Seductor pudieron haber compartido celda en el pasado. Que fuera aquel quien pusiera a este al corriente de la potencial maleabilidad del que ingresa, el joven abogado, Dios sabe con qué oscuros fines. Xan no lo cree así, sería demasiada coincidencia, asegura. Además, ¿qué motivación podría tener el Seductor para poner sobre aviso a un preso acerca del desembarco, precisamente en la misma celda, de un tercero al que conoció en la facultad de Derecho? Basta expresarlo en alto para que la  lógica termine por convencernos a todos, una vez nos escuchamos: en efecto, sería una enorme —e inverosímil— casualidad. Pero lo cierto es que, asegura Pura interviniendo con renovado brío tras la colación, el presidiario experto termina por convencer al nuevo compañero de celda para que en la próxima cita con su abogada esta le haga llegar un arma. A esta altura del debate, la opinión es unánime: el abogado joven y el nuevo convicto son la misma persona; llamaba a confusión el hecho de que, cuando mantuvo la conversación que lo trajo a la cárcel en el lujoso bufete neoyorquino, se presentaba con barba e iba vestido con traje y corbata; el aspecto actual es ahora bien distinto, afeitado y vistiendo un mono de color naranja, lo que daba pie a la confusión.

El relato continúa en tránsito hacia el tercer y último escenario, el que lleva a la biblioteca del presidio y adonde acuden ambos presos en compañía del funcionario que se ocupa de la labor de repartir los libros por las celdas. A éste le une una relación de cierta camaradería con el preso de largo recorrido, y es por eso que cuentan con su permiso —uno que estiran y alargan cuanto pueden— para permanecer en tales dependencias, a lo que parece, más fáciles para evadirse. Marisa advierte, en este punto, de la sutil maniobra del autor al introducir una imagen sesgada en la que la abogada hace llegar un sobre a su defendido conteniendo una pistola; una suerte de Deux ex machina bastante inverosímil, por cuanto un arma no se esconde en un sobre o una carpeta y, además, habría sido detectada a la entrada del centro. Pero, por ser David Mamet quien es —Los intocables de Eliot Ness, El cartero siempre llama dos veces, Ronin, Nunca fuimos ángeles, Marty Supreme, Las cosas cambian, etcétera— optamos por concederle el beneficio de duda. De suerte que, sin saber cómo, nos encontramos de pronto ante un gendarme magullado y levemente herido, y a nuestro hombre, el abogado joven, empuñando un arma y escuchando lo que aquel tiene que decirle. Es Rafa quien interviene para advertir de la manipulación a la que este último es de nuevo sometido por el carcelero, y que conducirá inevitablemente a su fracaso, tal es la pusilanimidad y falta de criterio de nuestro hombre. Aunque el taimado director no nos lo muestre, el compañero hace tiempo que yace en un charco de sangre, o eso se desprende de la conversación que ambos mantienen. No es difícil adivinar como acabará el abogado. El recinto de la biblioteca se ve de pronto cercado por ruidos y luces que evidencian un asalto inminente. Pero, con lo que nadie contaba, es con que el hombre fuese otra vez manipulado para entregar su arma al policía bajo la incierta promesa de que intercedería por él al objeto de reducir su condena. En buena lógica, será abatido a tiros. 

Ya en la barra, y mientras nos hacemos cargo del pago de las consumiciones, concluimos de forma unánime que no se puede ser tan falto de carácter, tan manipulable, en suma. Al menos no en la vida real; la ficción ya es otra cosa. Y nos vamos satisfechos de haber sabido desentrañar los vericuetos de una película que en absoluto se mostraba accesible: puro teatro filmado, con diálogos brillantes y sobrias interpretaciones, que en ocasiones se hace espeso debido a las frecuentes digresiones en que incurren los personajes. Pero eso es marca de la casa.

Por si alguien necesita una crítica más técnica y precisa, Nacho Villalaba la cuenta con solvencia en su página Cine Maldito.



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