Almagro, Ruidera

14 julio 2026, Almagro.

El camino Matabestias me saca de Almagro hacia el este con las primeras luces del día. Después de una larga vida bohemia, en la que disfrutaba regresando a casa con esta misma luz, hoy me anima el sentimiento contrario, y me felicito al hallar en las primeras luces la placentera sensación de llevar a los pulmones un aire que estreno. Avanzo entre campos infinitos que juntan en la distancia la tierra con el cielo raso. Descuellan a lo lejos modernos molinos de viento punteando las colinas. Todo en el paisaje remite a aspectos o personajes cervantinos. Y cuando lo olvidamos, innumerables referencias nos devuelven a ellos en forma de figuras recortadas sobre hierro forjado, dibujados con pintura en las puertas de comercios y fachadas, o plasmados en chapa, madera o cartón hacia un territorio que pertenece, desde hace más de cuatrocientos años, a aquel loco caballero y su cuerdo escudero para mayor gloria de su creador, Miguel de Cervantes. Juntos se echaron al camino para llenar de sensatez o sueños las cabezas de miles de generaciones en el mundo entero. Esta mañana de julio, con el agradable frescor de las primeras horas del día, constato la huella que han dejado en el campo manchego. Así veo en el sendero, quemados por el sol y ya ilegibles, algunos hitos dispersos que tratan de señalar lo imposible: el camino seguido por don Quijote y Sancho Panza a través de un territorio imaginario que estos nuevos tiempos mercantilistas tratan de “monetizar”; perfilados en hierro sobre el vallado de acceso a una nave de turbas y tierras enriquecidas cabalgan hidalgo y labrador —futuro gobernador de la Ínsula Barataria—; sus siluetas se recortan contra el azul del cielo sobre monturas de forja, o se alzan en latón, pulcramente pintados, ocupando un amplio espacio en el pequeño patio de una vivienda humilde, como dos integrantes más de esa familia. Su epopeya impregna el aire y no es difícil, cuando se ascienden las lomas de Campo de Criptana o Consuegra, dejarse llevar por un escalofrío emocionado al imaginar al famélico hidalgo arremetiendo contra los molinos. «Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino», advertía sin éxito, Sancho Panza. 

Andando el camino uno se encuentra de vez en cuando con un álamo crecido y una amorosa leyenda grabada en su tronco: Un corazón atravesado por una flecha con dos iniciales en el interior que, invariablemente, lleva a quien lo contempla a preguntarse por la suerte de esos amores: ¿seguirán juntos quienes estamparon esas siglas? ¿Serán la expresión de un deseo no correspondido?¿Recordarán sus propietarios el momento en que fueron grabadas esas letras, quizá en compañía de otras parejas, rodeados de una caterva de niños alborotadores? ¿Confesarán a las actuales el secreto origen de tales nombres? 

Como expresión de las duras condiciones de calor y sequía se manifiesta también, junto al borde del camino, la acacia de tres espinas o algarrobo de miel, una especie capaz de disuadir a la cabra más hambrienta de acercarse siquiera a sus ramas so pena de dañarse la boca al intentarlo. Otra clase de amor.

Pero lo que más abunda en el entorno son los olivos. Alzan su tronco retorcido sobre la tierra fértil, en un juego de colores donde el observador avisado quiere ver la bandera Palestina: blanco y verde en el haz y el envés de las hojas, rojo sobre el terreno y negro de sombra desde personas y árboles. Un suave viento agita ahora las ramas y a quien escucha le parece oír el lamento de todo un pueblo impunemente asesinado ante los ojos cómplices de la comunidad internacional. Me pregunto qué habría pensado Cervantes de esta ignominia, él, que sirvió en Lepanto y fue testigo del horror de la guerra por partida doble: como soldado y como cautivo.

Mas, existe una presencia oculta en todo este paisaje, en apariencia reseco —como evidencian las extensiones de rastrojo de cereal recién cosechado—: el agua. El amarillo del terreno contrasta con enormes superficies de verdor allí donde aquel no se cultiva; es decir, en el olivar, el viñedo, los campos de berenjena —las encurtidas de Almagro tienen gran fama—, cebolla, etcétera. Tal verdor sería imposible sin grandes aportes de regadío, precisamente orientado y tasado por el organismo regulador, dirigido a la base de cada árbol, cepa o surco. Como queda patente en las lagunas de Ruidera o en las tablas de Daimiel, el agua procedente de las precipitaciones empapa el terreno y se infiltra en el subsuelo —roca caliza, en el caso de las lagunas— acumulándose en bolsas subterráneas, hasta que no les es posible contener más agua en el interior. Entonces, surgen en forma de lagunas y cascadas —el caso de Ruidera—, que serán posteriormente embalsadas en el pantano de Villarroya. En las Tablas de Daimiel, sin embargo, la sobreexplotación del acuífero que las alimenta acabó por ponerlas en grave riesgo al desviar el agua para usos de agricultura intensiva. Si hoy se mantienen húmedas es porque reciben aportes hídricos de manera artificial. De modo que el agua está ahí, salvo que hay que extraerla... y administrarla correctamente. Bien sea con una caballería asociada a una noria que la vierte a una pequeña balsa, como se hacía en el pasado —aún se aprecian, paseando por el campo, estos vetustos vestigios de otro tiempo—, o mediante el uso de un motor y una bomba alimentados por placas solares dispuestas en serie —tal y como se hace en la actualidad—. 

En suma, tiempo, esfuerzo, paciencia, inversión e infinito trabajo hasta que un pequeño olivo se convierte en un árbol capaz de dar frutos y, con suerte, alcanza a ser centenario; al lado de ellos, de tanto en tanto, un nuevo campo se cubre de nuevos plantones que miran al futuro. Tal hubiera querido para sí Diego de Almagro, en lugar de verse obligado por el hambre y el desamparo a dejar su tierra y reinventarse en aquellas Indias recién descubiertas. 

“Toma, hijo, y no me des más presión, y vete, y ayúdate de Dios en tu aventura”, le dijo Elvira Gutiérrez a su hijo Diego cuando este fue a pedirle socorro después de escapar de casa del tío con el que se criaba, y porque lo maltrataba.

Apadrinado por don Luis de Polanco, consiguió pasar a Indias con sus propias armas e instrumentos de labranza.

Poco antes de encarar de nuevo el pueblo un pastor mete a un viñedo abandonado centenares de ovejas, guiadas con habilidad por sus mastines. De no ver en las colinas los enormes aerogeneradores, o los campos salpicados de placas solares, uno creería hallarse en el tiempo de Cervantes. 

Esta noche, en el teatro Adolfo Marsillach, dan El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare.

15 julio 2026, Almagro.

Cigüeñas que se posan en las torres de alta tensión en mitad del labradío. Liebres que recorren por decenas la tierra roja bajo los olivares. A primera hora del día, la naturaleza se expresa en toda su diversidad; también el ganado estabulado o las ovejas que acuden a beber en los abrevaderos artificiales; o las vacas, que nos miran con esa atención que causa extrañeza: trasladan la impresión de comprender aquello que hacemos los humanos, en el mismo lugar donde ellas pastan. En medio de esa extensión, una charca rodeada de junqueras y espadañas calma la sed de las liebres, que corren alborotadas. Las rapaces no tienen más que aguardar pacientes sobre los olivos para llenarse la tripa sin mayor esfuerzo.

Observo con atención un ingenioso bebedero para ovejas. Resulta tan funcional como espantoso. Consta de un cercado metálico, de apenas un metro de superficie, que guarda en su interior un bidón y un peqeuño depósito, al que llegan después de atravesar una portezuela en el vallado; una vez vacío, se rellenará de nuevo desde el bidón de forma autónoma mediante un sistema de vasos comunicantes; hasta que éste se vacíe también y el pastor deba acudir a rellenarlo. Tenadas y cuadras para el ganado presentan el mismo aspecto desolador y falto de higiene que ese abrevadero. Claro que cuando se han de atender enormes superficies de terreno, habitadas por cientos de cabezas de ganado en instalaciones dispersas, al cargo de una sola persona que va de acá para allá montada en un Land Rover, no queda tiempo para inquietudes estéticas. Y es una pena, pues tengo la convicción de que el queso que vemos en los escaparates o probamos en los establecimientos del pueblo, estaría aún más rico de conservar cierta armonía y belleza en las naves donde se elabora la materia prima. En otros países —Italia, Holanda, Francia, Alemania— no se descuida el aspecto de las instalaciones agrarias y sus productos son, cuando menos, igual de buenos o mejores. 

Brigadas de jornaleros doblan el espinazo sobre un enorme campo de berenjenas a primera hora del día. Se visten con todo tipo de prendas que no dejan superficie alguna expuesta al sol inclemente. Cubren sus cabezas con enormes sombreros de paja; nuca y cara con amplios, coloridos pañuelos de colores. Sol ardiente y deshidratación —no imaginarios molinos de viento— son el enemigo a combatir; además del urticante polvo de la planta de berenjena, que pincha e irrita manos y brazos. La cosecha se lleva a cabo en el mes de julio y los trabajadores locales o la gente joven desisten de recogerla. Los empresarios no pueden contratar recolectores extranjeros sin papeles so pena de fuertes sanciones; y los inmigrantes que disponen de ellos son escasos o están contratados en otras explotaciones. En la distancia no es posible distinguir si quienes recogen las berenjenas son españoles o foraneos; con papeles o sin ellos, más parece lo segundo, como confirmará la prensa horas más tarde.

Almagro se casó con una india llamada Ana Martínez con quien tuvo a su hijo, Diego de Almagro el Mozo.

Junto con Hernando de Luque, maestrescuela de la catedral de Panamá, conformó el trío —financiero, Luque; militar, Pizarro; logístico, Almagro— que daría lugar a la captura y asesinato de Atahualpa en Cajamarca, abriendo con ello las puertas a la conquista del Perú. 

Almagro no llegó a apresar a Atahualpa y no formó parte de los trece de la fama por estar en Panamá, avituallando las naves que rescatarían a Pizarro y los suyos cuando estaban a punto de sucumbir al acoso de los indios en la isla de la Gorgona.

Esta noche, la hermosa obra Va de Bach, "una invitación a adentrarse en la música del Barroco a través del juego, la danza y la imaginación" en palabras de la compañía Aracaladanza, nos sorprenderá gratamente en la antigua universidad renacentista.

17 julio 2026, Ruidera.

Desde el Centro de Interpretación de las Lagunas de Ruidera inicio mi ruta hacia la laguna de Batanas, la tercera después de las del Rey y Colgada. Con algo de fortuna, podré avistar a la oropéndola, el conejo de monte, la jineta, el picogordo, el picapinos o el ruiseñor común; desde el cielo de este hermoso valle me vigilarán el águila real, el aguilucho lagunero o el búho real, como asegura un cartel explicativo al arranque de la ruta con objeto de colmar de esperanza al cándido caminante. Más adelante, con algo de suerte, la experiencia se limitará al avistamiento de algún conejo silvestre o una cabra montés despistada cuya sed la ha acercado peligrosamente al lago. Si acaso, el canto de las cigarras con su estridente salmodia serán la única compañía del excursionista durante todo el recorrido. 

No obstante, como aquellos rosarios de cuentas de color esmeralda desvaído que en ausencia de luz iluminaban prodigiosamente los dedos en nuestra infancia, así se mostrará el fondo de las lagunas durante mi paseo: Santos Morcillo, Salvadora, Lengua, Redondilla, de la Taza, San Pedro, Tinaja, Tomilla y Conceja hasta alcanzar el río Pinilla, el que da lugar a laguna Blanca y que en esta fecha se colma de agua —ocurre poco a menudo, pero las lluvias de la pasada primavera han sido generosas, y hoy luce espléndida y tranquila: apenas un par de parejas se bañan en sus aguas mansas: collar de belleza deslumbrante en el que cada “cuenta” es más bella aún que la anterior, sobrecogiendo de hermosura a quien camina junto a ellas.  

Hernando Pizarro, el hermano del gobernador que había ido a España con el oro perteneciente a la Corona, consiguió ampliar el poder de Francisco por otras setenta leguas al sur; esta variación puso en duda la posesión de la capital de los incas, Cuzco, dando lugar a las guerras civiles por su control.

Almagro había ido a las regiones del sur, en las que se suponía que había reinos tan ricos como el del Perú, y mientras tanto se habrían esperado las determinaciones de la Corona. Sin embargo, le inquietó una nueva noticia; había arribado al Perú el obispo de Panamá, fray Tomás de Berlanga, que traía poderes para dirimir el conflicto de límites entre los conquistadores. Los amigos de Almagro le solicitaron que volviese para defender mejor su causa, pero el Adelantado quería ir por la riqueza chilena, por lo que siguió adelante.

Palabra de perro es la adaptación del Coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, que se representará esta noche en la casa palacio de los Villareal. En el interior, en su hermoso zaguán con suelo de albero, serán expuestos, como otros años, los dibujos originales del cartel ganador de esta edición. 

18 julio 2026, Almagro. 

Hoy podríamos preguntarnos, noventa años después de aquella otra, quién se acuerda de esta ominosa fecha. La respuesta resultaría amarga: demasiadas personas. El fascismo crece de forma exponencial en todo el mundo y en nuestro país se evidencia igual que si no hubiésemos padecido una guerra civil por su causa. Vivimos un período de regresión, de vuelta a una crispación que creíamos haber dejado atrás. Aunque por suerte todavía, la ciudad de Almagro y su festival de teatro, con sus casi cincuenta años de existencia, representan un oasis de ejemplar tolerancia: las administraciones que lo promueven, sufragan y amparan desde hará cinco décadas el próximo 2027, pertenecen a diferentes opciones políticas y, sin embargo, la expresión de ideas diversas y libérrimas, en el mismo escenario en que se representaban hace ahora cuatrocientos años —El Corral de Comedias de Almagro acogió su primera representación en 1629—, supone un bálsamo para ésta sociedad tan polarizada, por más que algunos se empeñen en silenciar o tratar de acallar unas voces con las que no simpatizan.  

El paraje que recorro este día antes de la representación —El escondido y la tapada, de Pedro Calderón de la Barca en el Teatro Adolfo Marsillach—me acerca entre viñedos y olivares a Torralba de Calatrava. Inmensas manchas de verdor se alzan ordenadas desde la tierra roja. Humedecidas con puntualidad de manguera al pie de cada árbol y recorridas por cientos de conejos que salen al paso del caminante como si tal cosa. Aunque sólo fuese a base de estos mamíferos, cualquier persona que contase con la habilidad de darles caza no pasaría hambre en tierras manchegas, tal es su abundancia. 

De regreso al Cuzco llegaron solo 2500 sobrevivientes de la travesía de Almagro: Murieron más del 70% de los que iniciaron la marcha. El territorio que el Adelantado esperaba encontrar lleno de riquezas no cumplía ni sus más mínimas expectativas, lo que le causó una gran desilusión.

Almagro ocupó la ciudad del Cuzco y, en la batalla de Abancay hizo prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro por considerar que la ciudad pertenecía a su gobernación. Francisco Pizarro negoció con Almagro el destierro de sus hermanos, pero en realidad Pizarro solo buscaba ganar tiempo y de algún modo imponerse ante la voluntad del rey, que decidió que el Cuzco era propiedad de Almagro.

Hecho prisionero, Almagro fue avergonzado por Hernando Pizarro y no pudo apelar ante el rey. Almagro, sintiéndose perdido, suplicó por su vida, a lo cual respondió Hernando Pizarro diciendo: “Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio”.  

19 julio 2026, Ruidera. 

Igual que si tomase parte en un sueño, mientras contemplo la belleza de la laguna del Rey desde el puente de Ruidera aparece, de súbito, un grupo de jinetes pasando bajo este. Atraviesan el ojo central entre ruido de cascos y agua batida por las patas de las monturas y añaden a mi sorpresa el bramido de unos belfos que abrevan satisfechos en aguas transparentes. Enseguida prosiguen camino hacia una pista cercana; dejan, en quien los contempla, la impresión de formar parte de una imaginaria escena romántica: tal vez una pintura decimonónica de vaqueros con garrochas que refrescan los caballos al final de una jornada de tienta.

Esta mañana, camino arrullado por la brisa que mece las junqueras junto a la Laguna del Rey, la que da cobijo a docenas de patitos de cabeza colorada que hacen su vida en ellas. Flotan como pompones en aguas quietas, con el pico escondido entre el plumaje de las alas,  dejándose mecer al ritmo del oleaje que provoca una brisa leve. De pronto, el camino se perfuma de aroma delicioso, uno que no acierto a desvelar en un primer momento; más adelante, como en esas revelaciones que se manifiestan de forma brusca por evidentes, descubro que el sendero que recorro está salpicado de higueras: el cambio climático acelera la maduración temprana de unos frutos que traen a julio un aire dulce, más propio de una jornada de septiembre. 

Desde lo alto de una pequeña loma tres miradores se orientan hacia otros tantos puntos cardinales, ofrecen un panorama de sobrecogedora belleza: el paisaje antes recorrido desde el llano, a través de un sinuoso camino entre higueras, carrascas, pinar y monte bajo, ahora se muestra como un collar de cuentas color esmeralda que cose un hilo de agua entre sonoras cascadas. Sobre la superficie reman jóvenes piragüistas, pedalean familias de veraneantes o se arrullan las parejas de enamorados embarcados en pedaletas de vibrantes colores. Al observarlos a todos, me pregunto por qué no considerarán la posibilidad de esparcir su felicidad a los cuatro vientos... en silencio. De regreso al llano, quizá por ser verano y festivo, pasan de tanto en tanto grupos de deportistas que practican el ejercicio que mejor se nos da a los españoles: el horror silentii. “¿Cuánto queda hasta el final del recorrido?”, pregunta a gritos un impaciente ciclista a su compañero de ruta; a pesar de que ambos montan potentes bicicletas eléctricas, se disgusta al conocer la respuesta. ¿Cuándo aprenderemos, en este país, a disfrutar sin alzar la voz; sin imponer al resto nuestras presencia?

En el descenso, una sorpresa feliz: los restos recuperados de una calera: un cubículo excavado entre los árboles, rodeado de un muro rematado por una bóveda, donde se cocían antiguamente las piedras calizas para obtener el polvo con que se blanqueaban las casas, se producía el mortero para las encalar las fachadas o el material con que se desinfectaban cuadras y bodegas. En el entorno del parque llegaron a existir hasta doscientas de estas, que desaparecieron con la llegada de las pinturas sintéticas. Todavía hoy es una delicia contemplar las casas y patios manchegos encalados al modo tradicional. Junto a las bandas añil que recorren la parte baja de los muros, el cerco de las ventanas o la madera de las puertas configuran la iconografía de la vivienda tradicional manchega. 

Diego de Almagro fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por garrote vil y su cadáver decapitado en la Plaza de Armas del Cuzco. 

Diego de Almagro el Mozo intentó vengar a su padre, sin lograrlo. Francisco Pizarro murió en el palacio de Lima en 1541, a manos de Juan de Rada. Hernando Pizarro marchó a España a justificar su conducta ante el rey y fue encarcelado por más de 20 años en la fortaleza de Medina del Campo; Gonzalo Pizarro murió decapitado.

La función de esta noche hubiera sido El noble arte del engaño —un título de lo más oportuno, a tenor de la peripecia sufrida por  Diego de Almagro—; representada en el maravilloso Corral de Comedias, ofrecía “una loca farsa barroca, inspirada en testimonios históricos, con música original en directo, versos de Calderón, Lope y Quevedo y mucha participación del público. Corral y burdel, actrices, público y ficción se confundirán para desenmascarar las hipocresías de la sociedad contrarreformista… quizás la nuestra”, en palabras de su autor. No pudo ser. Mi presencia en la plaza donde se proyectaba el encuentro entre España y Argentina durante la final del Campeonato del Mundo de Fútbol, impidió que acudiese a la representación. Una pena. Al menos España se hizo con el triunfo, para disgusto del capitán mundial de los fascistas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su escudero y presidente de la FIFA, el indigno genuflexo, Gianni Infantino.




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