Zion
Aunque la temática principal sean
la manipulación y el engaño —los que sufre un joven buscavidas y trapichero de
poca monta cuando se ve arrastrado a un asunto de más envergadura, para el que
no está preparado— toda la trama se ve impregnada de un ambiente de tintes carnavalescos, tribales, oscuros y, solo en apariencia, festivos; basta profundizar un poco para advertir el trasfondo
violento entre clanes rivales de la droga o entre la población en busca de la
independencia y las autoridades.
Es en esa lucha de contrarios
donde se ve inmerso Chris, un joven que se gana la vida con el menudeo de
drogas y emplea el tiempo restante en aventuras galantes de una noche, o en
hacer cabriolas con su motocicleta por el barrio. Y es Odell, líder de uno de los clanes, quien repara en él como hábil conductor y le
propone un negocio, en apariencia sencillo: dos entregas de mercancía; llegar,
descargar, largarse. Le ofrece, además, una moto mejor, más bonita y veloz que la que él tiene. Pero las cosas se tuercen ya en la primera ocasión, cuando le amenazan y
roban el segundo de los paquetes que debe entregar. Se desata de este modo una espiral de
violencia en la que el jefe del clan contrario da muerte al primo de Odell, un
hampón que desconfío de Chris desde el principio. Para venir a complicar aún
más las cosas, y en un giro argumental tan tierno como inverosímil, un bebé es
abandonado en la puerta del apartamento de nuestro protagonista. El joven se
verá entonces obligado a recuperar la mercancía robada, en una permanente huida hacia
adelante, con un bebé metido en una bolsa de la compra. Cuando se menciona la
incredulidad que deja en el espectador tal circunstancia es porque resulta
difícil comprender que se pueda mantener una carrera sostenida y extenuante, con
una criatura de —al menos— cinco kilos en el interior de una bolsa de la compra
—o en el pescante de una motocicleta o lograr que esta permanezca en silencio
cuando se es perseguido, etcétera—. No se trata sólo de que este hombre no tenga
la más mínima idea de qué hacer con un bebé y recurra a amigas o padres para
que le echen una mano, sino que, para colmo de dudas, no tenga la más remota
idea de quien pueda ser la madre de la criatura.
En un nuevo e incomprensible giro
de guion será el padre del muchacho quien, en un intento por saldar una deuda
de falta de protección a su familia, contraída en la juventud y apenas esbozada, ayude ahora a su hijo a internarse en el sórdido mundo del hampa para recuperar al bebé —le ha sido arrebatado—, poniendo en riesgo su propia
vida. El autor remata así un relato que termina medio bien, pues en el tránsito
hacia la madurez del muchacho uno de sus amigos pierde la vida y otra le retira
la confianza; recobrará, en cambio, la estima de unos padres quienes, se intuye,
le prestaran su ayuda en el futuro. El autor retuerce de nuevo la trama para
contarnos quién es la madre de la criatura, pero para conocerla es necesario
ver la película: ni por lo más remoto puede el espectador imaginar quién
es. Ella será la encargada de desvelar como se llama el crio y, por extensión,
el significado de la película, Zion: liberación, paz, armonía y amor verdadero.
Una buena historia que transcurre
en un lugar insospechado, para mostrar una realidad inimaginable. Que desliza
tensiones opuestas y turbias herencias coloniales: el desempleo, la
marginalidad, el independentismo, la esclavitud y el festivo y turístico carnaval
convergen en una espiral de celebración y violencia que remata con una carga
policial. Todo un festín visual que sume al espectador en la reflexión, el
mejor de los escenarios.
A modo de moraleja, una frase que el autor pone en boca del amigo íntimo de Chris cuando le advierte: "La diferencia entre la escuela y la vida real es que en esta haces el examen y después aprendes". Pues eso.

Comentarios
Publicar un comentario