Zion

Película del francés de origen guadalupeño Nelson Foix que huye de cualquier referencia, siquiera esbozada, a la idea que podamos tener en Europa de "un paraíso antillano". Apenas la imagen de un enorme crucero, asomando entre dos edificios, es cuanto se nos muestra de ese idílico retiro al sol. Y, sin embargo, esa es en la actualidad la base de la economía del archipiélago. Guadalupe fue antaño una colonia azucarera y hortofrutícula que desplazó, como otras potencias europeas —España, Inglaterra, Francia, Holanda—, a los indios caribes e introdujo mano de obra esclava procedente de África. Con la abolición de la esclavitud la región pasó de ser colonia a región francesa de ultramar. No es por tanto un estado independiente, se beneficia de los fondos estructurales de la Unión Europea y ha adoptado el euro como moneda en 2002, dejando atrás el franco de Guadalupe. A día de hoy, alcanza unos niveles de desempleo muy elevados —el 23% de la población activa está en paro; entre los jóvenes afecta al 22%, 1 de cada 2—. Si se hace este breve apunte social y económico es porque es necesario para entender la historia que Foix desea contarnos, pues es ahí donde incide el director al relatarnos una historia de marginalidad, drogas, violenta rivalidad entre bandas y manipulación —la cara opuesta al destino turístico— , que ofrece, además, un trasfondo independentista en un ambiente con claras referencias africanistas, reflejadas en la música y el carnaval. 

Aunque la temática principal sean la manipulación y el engaño —los que sufre un joven buscavidas y trapichero de poca monta cuando se ve arrastrado a un asunto de más envergadura, para el que no está preparado— toda la trama se ve impregnada de un ambiente de tintes carnavalescos, tribales, oscuros y,  solo en apariencia, festivos; basta profundizar un poco para advertir el trasfondo violento entre clanes rivales de la droga o entre la población en busca de la independencia y las autoridades. 

Es en esa lucha de contrarios donde se ve inmerso Chris, un joven que se gana la vida con el menudeo de drogas y emplea el tiempo restante en aventuras galantes de una noche, o en hacer cabriolas con su motocicleta por el barrio.  Y es Odell, líder de uno de los clanes, quien repara en él como hábil conductor y le propone un negocio, en apariencia sencillo: dos entregas de mercancía; llegar, descargar, largarse. Le ofrece, además, una moto mejor, más bonita y veloz que la que él tiene. Pero las cosas se tuercen ya en la primera ocasión, cuando le amenazan y roban el segundo de los paquetes que debe entregar. Se desata de este modo una espiral de violencia en la que el jefe del clan contrario da muerte al primo de Odell, un hampón que desconfío de Chris desde el principio. Para venir a complicar aún más las cosas, y en un giro argumental tan tierno como inverosímil, un bebé es abandonado en la puerta del apartamento de nuestro protagonista. El joven se verá entonces obligado a recuperar la mercancía robada, en una permanente huida hacia adelante, con un bebé metido en una bolsa de la compra. Cuando se menciona la incredulidad que deja en el espectador tal circunstancia es porque resulta difícil comprender que se pueda mantener una carrera sostenida y extenuante, con una criatura de —al menos— cinco kilos en el interior de una bolsa de la compra —o en el pescante de una motocicleta o lograr que esta permanezca en silencio cuando se es perseguido, etcétera—. No se trata sólo de que este hombre no tenga la más mínima idea de qué hacer con un bebé y recurra a amigas o padres para que le echen una mano, sino que, para colmo de dudas, no tenga la más remota idea de quien pueda ser la madre de la criatura. 

En un nuevo e incomprensible giro de guion será el padre del muchacho quien, en un intento por saldar una deuda de falta de protección a su familia, contraída en la juventud y apenas esbozada, ayude ahora a su hijo a internarse en el sórdido mundo del hampa para recuperar al bebé —le ha sido arrebatado—, poniendo en riesgo su propia vida. El autor remata así un relato que termina medio bien, pues en el tránsito hacia la madurez del muchacho uno de sus amigos pierde la vida y otra le retira la confianza; recobrará, en cambio, la estima de unos padres quienes, se intuye, le prestaran su ayuda en el futuro. El autor retuerce de nuevo la trama para contarnos quién es la madre de la criatura, pero para conocerla es necesario ver la película: ni por lo más remoto puede el espectador imaginar quién es. Ella será la encargada de desvelar como se llama el crio y, por extensión, el significado de la película, Zion: liberación, paz, armonía y amor verdadero.

Una buena historia que transcurre en un lugar insospechado, para mostrar una realidad inimaginable. Que desliza tensiones opuestas y turbias herencias coloniales: el desempleo, la marginalidad, el independentismo, la esclavitud y el festivo y turístico carnaval convergen en una espiral de celebración y violencia que remata con una carga policial. Todo un festín visual que sume al espectador en la reflexión, el mejor de los escenarios. 

A modo de moraleja, una frase que el autor pone en boca del amigo íntimo de Chris cuando le advierte: "La diferencia entre la escuela y la vida real es que en esta haces el examen y después aprendes". Pues eso.

  

 


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