Pensión Alfaro
El hostal-pensión Alfaro, un alojamiento casi galdosiano en el corazón de Madrid, había sido su pensión de toda la vida. Cada vez que acudía a la capital, ya fuera por ocio o trabajo, confiaba la estancia a ese local familiar donde se veía envejecer en el rostro de sus miembros. Josefa, la patrona, una mujer madura y todavía atractiva cuando comenzó a frecuentar el establecimiento ostentaba, la última vez que había estado, un pelo níveo y todavía abundante, en acusado contraste con unas oscuras ojeras que —casi— se le descolgaban desde los párpados superiores, adonde habían extendido un inapelable cerco y conferido al rostro el aspecto de un mapache triste. Que el tiempo había pasado era evidente, pues Josito, el marido —José en un pasado remoto, pero frecuencia y confianza habían mudado el nombre: “¡Chámame Josito, ho! ¡Si ti es xa como da familia!”, exclamaba en una lengua común que a los dos remitía a Chantada. “¿Enton, …o Alfaro?”, había preguntado escamado, al poco de parar por allí. José quiso responder en un castellano aligerado y montó un batiburrillo: “Collimos o traspaso a un da Rioja, pero mantuvimos el nombre, por iso de non confundir; e ata agora”—, había fallecido hacía un par de años. Fue Chema, el único hijo que una estancia de décadas tras el mostrador les había permitido concebir —en un arrebato de originalidad habían agregado María al nombre que ambos compartían, tal vez sin sospechar a qué apelativo cariñoso conduciría José seguido de María—, quien le había dado la noticia la última vez que se había alojado en el Alfaro, con ocasión de un congreso: “A papá se lo llevó una neumonía en menos de una semana”, aseguró rotundo, todavía con un asomo de tristeza en la mirada. El niño que había visto asomar palmo a palmo tras el mostrador desde el suelo donde gateaba, hasta la encimera de mármol donde descansaba el objeto de su deseo infantil —el dorado llamador que aporreaba para desesperación de los padres una vez logró alcanzarlo—, recién estrenaba mayoría de edad, y lo celebraba con un tupido bigotazo años setenta. A pesar de la juventud que atesoraba, se atisbaba en la mirada esa sabiduría de quien ha visto pasar frente al mostrador de la pensión a toda suerte de personas; o enfrentado un sinfín de situaciones, no todas agradables, desde la más tierna infancia. Algo que los padres habían tenido que ir incorporando al carácter año tras año.
—“¿Y mamá?” —se había interesado
Pedro, el huésped y paisano de Chantada, con familiar confianza. Con los años había
adquirido una situación económica desahogada y un porte elegante y circunspecto,
pero continuaba yendo al Alfaro por lealtad, comodidad y costumbre.
—Josefa no aparece ya nunca por
aquí. Hace vida en la salita y no conoce a nadie.
Esa tarde había tomado la llave y
se había dirigido al ascensor camino de la habitación. Cansado tras un día ajetreado
y escamado por la manera en que el chico se había referido a la madre, le causó
extrañeza que mencionase su nombre en vez de decir “mamá”. Y aún más que quien
había basado una vida laboral en el reconocimiento de las caras, no
distinguiese ahora un rostro del otro.
Una visita al Museo del Prado
llevaba esta vez a Pedro al Alfaro. Había llamado a Chema desde el tren, poco
después de dejar Ourense y por considerar que un miércoles de febrero no sería
necesario hacer reserva alguna. “El hostal ha cambiado un poco —deslizó éste, sin
precisar mucho más—, le he dado un aire… renovado”. Sin pensarlo demasiado,
Pedro confirmó la estancia: “Malo será que no pueda pasar una noche”, había respondido
con un punto de inquietud al escuchar ese pronombre que confirmaba quién estaba
ahora al cargo de la pensión.
Ya ante la puerta se sorprendido al
comprobar que el lugar que antes ocupaba el vetusto cartel del Alfaro había
sido sustituido por un colorido neón donde rezaba, Chemi Hostel Travel and
Enjoy. Al pasar al interior, la antigua recepción de madera noble y reproducciones
baratas de pinturas españolas había sido transformada en espacio diáfano, amueblado
con butacas cómodas y decorado con sensuales carteles de parejas de ambos sexos
junto a máquinas de vending. Sobre un exiguo mostrador de metacrilato, apenas
un ordenador portátil y el antiguo llamador dorado —único objeto que remitía al
lugar que conociera en otro tiempo—. Tras rodearlo, una espigada muchacha salió
a su encuentro y le plantó un beso en cada mejilla.
—¿No te acuerdas de mí? ¡Soy
Josemari, Chema, … bueno, ahora Chemi! —aclaró, al percibir la estupefacción en los ojos del
de Chantada.
—¿Y este cambio? —inquirió Pedro pudoroso,
señalando el espacio antes que a la persona que tenía frente a sí.
En el nuevo hostel, Chema ahora
era Chemi. Hacía la transición a chica, y aunque ostentaba unos pechos firmes y
lucía unas kilométricas piernas sin asomo de vello, todavía era reconocible por
el tono de voz.
—Cambia, todo cambia… —respondió
entonando el célebre estribillo de Mercedes Sosa—. ¡Nada es para toda la vida!,
exclamó al tiempo que daba una orgullosa vuelta sobre sí misma y hacía sonar un
llamador de ángeles que le caía sobre el vientre descubierto. Al ver que Pedro dirigía
a este una miraba sorprendida, se apresuró a aclarar:
—¡Cambia pero no tanto! No estoy
embarazada, si es en lo que estás pensando — rompió a reír con una poderosa carcajada
que hizo retumbar las paredes del local.

Comentarios
Publicar un comentario