¡Ocalitos,non!

De toda la vida ha habido eucaliptos en Asturias1 . Sin embargo, para mí están unidos a la infancia, a los sueños que tenía a los catorce años de edad, cuando anhelaba hacerme alpinista y emulaba las escaladas de Reinhold Messer y César Pérez de Tudela en las montañas del Himalaya. Antes de entrar en el aula por las tardes ascendía un empinado sendero que había en un bosquecillo de estos próximo al colegio; por emular con certeza las condiciones adversas que encontraría en esas montañas cuando las escalase, prefería los días lluviosos y desapacibles. Al subir, procuraba situar con precisión un pie detrás del otro en cada revuelta a fin de no patinar y “despeñarme” monte abajo. Así coronaba el K-2 o el Nanga Parbat en mi imaginación, trayendo a esta aquellas cumbres nepalíes. Todavía hoy día, cada vez que respiro el aroma de ese árbol, evoco lejanas sensaciones pegadas a la piel de la adolescencia como el sudor de aquellas expediciones culminadas con éxito y sin testigos: “¡Para qué, a las montañas se viene a estar solo!”, me decía entonces.

Invariablemente, las casas de mi barrio olían a eucalipto al llegar el invierno. ¿El motivo? Los resfriados y la congestión nasal asociada a estos. Con unas bayas del árbol arrojadas a un balde con agua hirviendo y la cabeza cubierta por una toalla mientras uno se exponía al vapor que liberaban, las vías respiratorias se aclaraban y expulsaban el moco generado. Igual, si los pies de mamá estaban “rotos” tras una extenuante jornada laboral: bastaba con meterlos en una solución de agua con sal y algunas semillas, y el mentol que soltaban conseguía aliviarlos permitiendo que durmiese a pierna suelta la noche entera. En mi ignorancia infantil y prejuiciosa rechazaba huraño ese aroma; lo asociaba con una miseria que, más tarde lo supe, nadie en el barrio padecía. La miseria era otra cosa, algo que no alcanzaba a nuestras familias, por fortuna.

Sin embargo, nada más fascinante que construir una caseta en el interior de un bosque de ellos. La infinidad de ejemplares jóvenes, de tronco maleable y fácil de trenzar una vez desramados, en la proximidad de otros adultos algo más gruesos, convertían los montes próximos a nuestros hogares en una tentación insoportable para levantar una “solución habitacional” —como ahora se diría— a nuestra medida. Un lugar ideal donde esconder pequeños hurtos, esnifar pegamento, fumar a escondidas o estar fuera del alcance y la mirada represora de nuestras madres,  a resguardo del frío o la lluvia. Tan sólo eran necesarios un hacha, una sierra, un martillo, unos clavos y un buen plástico para levantar con amigos una techo bajo el que cobijarnos. Y todo eso se encontraba en las obras de un barrio en permanente expansión.  

Pero aún estábamos muy lejos de asociar aquello que hacíamos con una forma de autoempleo y acceso a la vivienda por medios propios. Como hacían, por otra parte, los colonos y exploradores que veíamos en las películas del Oeste americano o los tramperos que se internaban en las tierras salvajes del Canadá en busca de oro o pieles con las que comerciar: ellos vencían a la naturaleza y se asentaban en el territorio merced al coraje, la determinación y el conocimiento adquirido; sin ayuda de nadie, con las propias fuerzas y las herramientas que llevaban en sus carromatos; con una azada en una mano y un fúsil en la otra. Un arma con que enfrentar a los indios que apareciesen por allí para hostigar a unos “pobres-hombres-blancos-y-sus-familias”, quienes no hacían daño a nadie al intentar ganarse la vida con el ganado y los cultivos. Lástima que ignorasen que aquellos territorios donde pretendían asentar su rancho o el terreno donde cultivar el maíz, tuvieran ya un dueño. Por la misma razón, nuestra aventura no podía acabar bien. Una tarde, mientras estábamos rematando el tejado y discutiendo si debíamos cubrir o no el suelo con tablas, salieron de entre los árboles dos adultos con correas y palos. Si salvamos el pellejo fue porque se anunciaron a voces; de otro modo, el episodio habría terminado en la casa de socorro y en la comisaría horas más tarde. Aunque teníamos armas, no era cuestión de emprenderla a hachazos con aquellos salvajes.

Mas, ¿cómo distinguir el bosque comunal del productivo? ¿La explotación agraria dedicada a pasta de papel, de las frondas que veíamos por la televisión o aquellas donde nos llevaban de excursión en el colegio? Para nuestras adolescentes cabezas de chorlito, todos eran árboles; salvo que los ocalitos —así se los nombraba en Asturias— se encontraban a un paso de casa. ¡Ahí estaba la espesura si teníamos el coraje de colonizarla!

En cierto modo, lo mismo hacían nuestros padres al levantar sus viviendas con las manos tras echar la jornada laboral en “la Fabricona” —Ensidesa, en el pueblo—: les permitían trabajar como peones bajo la dirección de un maestro de obra y ahorrarse así un buen dinero en su compra. Literalmente, cambiaban “fuerza de trabajo” por casa en unos terrenos que, además, pertenecían al mismo Estado que los empleaba: pura economía autárquica en tránsito al desarrollismo que desembocaría, apenas unos años más tarde, en capitalismo, una vez nuestros padres se hubieran hecho con el territorio; cuando, por fin propietarios, alquilarían esos pisos a otras familias de inmigrantes como ellos en su día, salvo que ahora estos procedían de otros continentes.

(1)    Nada más falso: Los eucaliptus fueron introducidos en Galicia a mediados del siglo XIX por el misionero tudense Rosendo Salvado, como planta ornamental. En Asturias se introdujeron a mitad del siglo XX y se vincularon a la minería, para acabar asociados a la fabricación de pasta de papel. A día de hoy, enormes extensiones de terreno se dedican a esta labor en ambas comunidades: sirven como combustible a las industrias de celulosa de Navia y Pontevedra.

(2)    “¡Ocalitos, non!”, era el grito contra la plantación masiva de estos en Asturias, en los años 70 del siglo XX.

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