Paying for it (Pagando por sexo)
La película que hoy comentamos
aborda el tema desde una perspectiva natural, respetuosa y valiente. Sin
criminalizar, pero también sin animar o estimular su uso; apela a la libertad
de las personas para ejercer y consumir la prostitución como cualquier otro
bien o ejercicio laboral en curso, siempre desde un enfoque de respeto y
responsabilidad por ambas partes; huyendo de lo sórdido, escabroso o sucia que
pueda resultar su práctica. Bien es cierto que la muestra que se nos ofrece es
sesgada, pues sólo contempla un tipo de relación unidireccional, la más
habitual: la heterosexual, donde es el hombre quien consume y la mujer quien
presta el servicio; obviamente, existen muchas más, pero sería imposible
abordarlas todas en una película. Paying for It lo hace en relación con esta; y lo
hace además desde un país donde está legislada y prohibida desde el año 2014,
Canadá. La aborda desde la experiencia personal de Chester Brown, afamado
dibujante de comic en su país y fuera de él, quien la traslada al cómic
autobiográfico que da título a la película de Lee Sook-Yin.
Lo hace además desde un enfoque
ideal —¿idealizado, blanqueado?—, en el contexto de un hombre joven cuya pareja
estable decide emprender otra relación y éste decide probar con los servicios de
prostitución que le ofrece su ciudad, Toronto. Nunca antes había recurrido a
ellos y busca en estos una relación cuasi higiénica, diríamos; pues su vida
sentimental y afectiva está plenamente cubierta —mantiene con su ex una
relación de afecto y amistad permanentes, e incluso siguen compartiendo la
misma vivienda, la de ella: la mujer considera oportuno llevar a su casa a sus
nuevos ligues e inoportuno que él haga otro tanto; es más, es relegado, sin
protesta alguna de su parte, a un oscuro sótano donde prosigue con su vida
personal y laboral como si nada—. El hombre sostiene una relación de
sana camaradería con su grupo de amigos. Durante las frecuentes comidas que
realizan, abordan de manera franca y sin prejuicios los nuevos hábitos de
Chester. Es el suyo un grupo peculiar de dibujantes de comic
alternativo, donde el éxito parece acompañar en exclusiva a nuestro
protagonista, quien no se siente en modo alguno endiosado y persiste
en una sana y frecuente relación donde comparte sus experiencias;
allí se analizan, a menudo cáusticamente, trasladando al espectador diferentes
actitudes frente al mismo hecho, haciéndolo copartícipe y llevándolo a cuestionar su propia visión sobre el tema.
Cuando me preguntaba si se idealiza
o blanquea la relación, es porque en todos los encuentros que se muestran sin
excepción, las interacciones sexuales resultan anodinas y carentes de morbo o interés
hasta el aburrimiento. Apenas una práctica sexual rutinaria con un orgasmo
banal —nada de gemidos, bramidos, fuegos artificiales o ejercicios de contorsionismo
imposible —, a menudo seguida por una conversación sincera y sosegada entre la
trabajadora y el cliente acerca de cuestiones diversas. Ese es, quizás, otro de
los hallazgos de la película: dar relevancia a lo que la tiene, el encuentro
emocional —sustentado no tanto en el sexo como en el verbo— entre las personas,
toda vez que la práctica sexual queda relegada a un intercambio consentido de
sexo por dinero. Conseguir que éste resulte aburrido por cotidiano, anodino por
civilizado e higiénico por aséptico y sometido a prácticas reguladas por quienes
lo ejercen, debería ser el fin a perseguir y no a quienes lo practican. Sin
olvidar la responsabilidad del Estado para ofrecer a cualquier ciudadano los
medios —educación, empleo, salud y vivienda— para ganarse la vida sin necesidad
de recurrir a la prostitución. Y de hacerlo, garantizar las medidas sanitarias
para trabajadores/as y clientes/as.
En el plano artístico, ya se ha elogiado la valentía de su directora para abordar el tema y hacerlo además desde la peripecia autobiográfica del autor, Chester Brown: sin tapujos, sordidez o drama. No en vano, la directora y el dibujante mantuvieron una relación sentimental que el dibujante narra en su comic y la directora ha llevado al cine, cerrando de ese modo el círculo. Magnífico el trabajo de casting donde el actor que encarna a Chester no puede ser más anodino, como requiere esta historia. También está memorable la actriz que encarna a la novia en una encendida defensa de la búsqueda del amor, la experiencia y el afecto como derecho de todas las personas a esta. Asimismo, Andrea Werhun parece encarnarse a sí misma como trabajadora sexual antes de dedicarse a la interpretación; es la que Chester mantiene con ella la más sincera y atractiva de cuanta se ofrecen en el film; la que dice continuar manteniendo pasados veinte años. Las localizaciones merecen mención singular: barrios y viviendas, alternativos, bohemios donde la vida discurre tranquila y sujeta a la creación cultural. Excelente banda sonora. Equipo actoral y multirracial en sintonía con la sociedad canadiense: Dan Beirne, Emily Lê y Andrea Werhun, como actores; la mencionada Lee Sook-Yin en la dirección.
En plena vorágine del caso
Jeffrey Epstein, donde una gran cantidad de poderosas figuras de la política y
las instituciones de diferentes países se han visto implicados en un gigantesco
escándalo de pederastia y trata de personas, resultaría ingenuo, alarmante y hasta obsceno permanecer en la inacción como si nada ocurriese. Justo lo que hacen la
mayoría de los gobiernos del mundo entero en una alarmante actitud de cinismo e hipocresía.
De otra parte, añadir que la
prostitución está prohibida por ley en Canadá desde el año 2014.
Dos referencias acerca del mismo
tema, analizadas en este blog:
Noemí dice sí, donde se aborda la
prostitución en torno al gran premio de Montreal de fórmula 1. Brutal: en Canadá la prostitución
comienza a ejercerse a partir de los 14 o 15 años de edad, más o menos.
Las chicas de la estación,
tres jóvenes caen atrapadas en el mundo de la prostitución cuando creen tener
el control sobre su cuerpo y sus vidas. En este caso el entorno es el de la ciudad de Mallorca.

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