Zafari

Todo en esta película provoca extrañeza desde el primer plano; en este, se aprecia un bloque de viviendas con una impoluta piscina que se alza en medio de un escenario lujuriosamente tropical; hasta la última escena, en la que dos hombres se comen las vísceras de un animal al que acaban de sacrificar. Pero, ¿cómo ha de discurrir la trama para que tal extremo se alcance? Pues ahí radica la clave de un relato en clave distópica, donde bastaría abrir cualquier periódico para que dejase de serlo, permitiendo que la ficción se adueñase de la realidad como si formara parte natural de ella, tal es el tiempo en el que vivimos.

La historia discurre en un entorno en apariencia envidiable, privilegiado; en el que pronto comienzan a asomar las costuras de una realidad desasosegante: los personajes habitan una suerte de "paraíso", pero el espectador enseguida se da cuenta de que hay algo en él que no encaja; que las personas que allí se desenvuelven carecen de algo que no se puede precisar con nitidez. No tarda en comprender que aquello que necesita esa comunidad de vecinos, en apariencia agraciados por disponer de un zoo con pisciana en su jardín, es tan  básico como el agua, la comida o la libertad. 

Toda la historia remite, por analogía, al día a día en un país tropical donde las personas se ven obligadas a sobrevivir empleando sus propios medios; donde el Estado ha desaparecido como garante de la igualdad y los recursos, y los ciudadanos, confinados a un espacio en el que la vida se hace más difícil con cada jornada que pasa, se ven abocados a establecer sus propias reglas, si quieren pasar a la siguiente. El único acto de presencia que hace la Autoridad, ausente por lo demás de lo cotidiano, es para asignar un hipopótamo (¡de nombre Zafari!) a esa comunidad. Sí, un animal a todas luces fuera de lugar y al que deberán mantener con vida en una piscina habilitada a tal fin como muestra y modelo de lo que esa sociedad es capaz de conseguir, tal vez con fines turísticos. Desde el primer momento, esa Autoridad encarga a una familia ajena a la vecindad el cuidado y manutención del animal. Establece con ello una red de privilegios que, partiendo de la familia, se hará extensivo al resto... siempre que ello convenga a sus intereses particulares. 

Es muy difícil no pensar en una autocracia —Cuba, Venezuela, Nicaragua— donde una élite vive a placer a costa de socavar a la ciudadanía todo derecho o recurso. Donde la vida se vuelve peligrosa fuera del espacio asignado por el poder a sus ciudadanos y miserable hasta la extenuación dentro de este; donde los habitantes conforman una pequeña comunidad interdependiente obligada a malvivir con aquello que tienen a su alcance. Mientras, esperan conseguir el dinero suficiente para escapar de ese opresivo lugar que, aunque bendecido por el buen clima —es un decir, el calor es insufrible— y la piscina —acaba por contaminarse—, no deja lugar para la esperanza. Esta última, se halla fuera del país —inevitable pensar en Estados Unidos—, o es exclusiva de quienes son cercanos al régimen. Fuera de allí, no es posible la vida; so pena de enfrentar a las motocicletas (!), otra alegoría donde se nos muestra a la policía del Estado como garante de un orden brutal que no es aconsejable enfrentar sin riesgo. Uno de los protagonistas lo intenta, pero, acobardado por una fuerza que se intuye invisible, se echa atrás, abortando cualquier esperanza para él o su familia.

En ese contexto, y con unos recursos cada vez más mermados, parece obvio que el sustento destinado al hipopótamo comience a desviarse hacia otros usos con sentido estraperlista, además; que la misma supervivencia del animal —alegoría del propio Estado represor— sea puesta en entredicho. Lógicamente, el animal acabará sacrificado de manera brutal por quienes tenían la obligación de mantenerlo con vida. 

Corolario: No existe paraíso alguno allí donde no están cubiertas las necesidades básicas.

Nota: En este tiempo, tienen lugar los estrangulamientos económicos de Cuba y Venezuela por parte de su vecino del norte, Estados Unidos; ni siquiera se aducen razones políticas como excusa para acabar con unos regímenes, por otra parte autocráticos; sino que se alega pura rapacidad obscena y sin vergüenza: la obtención por la fuerza o la extorsión de unos recursos, en un caso turísticos y estratégicos, petroleros en el otro, de dos países históricamente "incómodos" para el Gobierno norteamericano. Parece que la desfachatez, la ilegalidad y la crueldad se han adueñado del planeta de manera —de momento— impune. 



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