Casi famosos

Parece que su director, Cameron Crowe, ejerció el periodismo musical en los años setenta; lo mismo que hace el muchacho protagonista de la película. Conoce, por tanto, aquello de lo que habla en primera persona y eso traslada a la historia: una catarata de ilusiones y sueños de gloria que se verán colmadas en algún caso, y frustrados en la mayoría. ¿La trama? Una banda de rock & roll recorre Estados Unidos de concierto en concierto, a bordo de un autobús desvencijado. ¿El relato? La narración de primera mano de ese chico que sueña con ser periodista y se ve inmerso —a causa de la juventud y el empeño, de la ternura que despierta entre los miembros de la banda y las fans, pero, sobre todo, a la ausencia de filtros o barreras protectoras que impedían a los medios de comunicación acceder a los músicos, en un tiempo en el que el fenómeno del rock estaba en pañales— en la vorágine que pone a la banda en el disparadero del éxito. Poco antes, los músicos habían dejado el pueblo para perseguir la gloria y pronto se ven desbordados por ella. Y es el muchacho quien tiene parte de la "culpa" de esa fama y nos brinda la inocencia de los integrantes de la banda en el apogeo de la ilusión: las decisiones se toman —todavía— por consenso, prevalece el tópico sexo—drogas—rock&roll, los egos conviven exacerbados, la adrenalina se traslada al escenario, surgen los managers aprovechados, los primeros contratos, las primeras apariciones en las revistas del ramo —en particular, la emblemática Rolling Stone, en la que el chico deviene reportero— y el ascenso hacia la gloria. La cara dulce de un sueño que se hace realidad,  no sin antes dejar algún que otro cadáver por el camino. Aparece también el inevitable rito de paso donde la lealtad y la fidelidad a una idea de concebir la música y las relaciones entre sus creadores sufrirá el deterioro del engaño y la pérdida. Pero mientras eso llega todo es frenesí, diversión, hoteles desvencijados, multitud de chicas que adoran a los músicos —y por extensión, a sus acompañantes—, "pasotes" con sustancias psicotrópicas y graves manifestaciones de irresponsabilidad que entonces apenas tenían consecuencias. El lote completo en un tiempo, ay, que pronto devino turbia resaca de adicciones y muerte a raudales; para dejar paso al encorsetado mundo del espectáculo que conocemos hoy día, donde la posibilidad de acercarse a las estrellas —mucho menos, subirse al escenario, permanecer en el backstage, acompañarlas en el autobús o vuelo de la gira, colarse en las habitaciones o espacios privados— resulta inconcebible, sin contar antes con el beneplácito del agente. Lo recordaba recientemente Allan Tannenbaum, el fotógrafo que inmortalizó esa época —Jack Nicholson, Dolly Parton, John y Yoko Ono, Patti Smith, Jimi Hendrix...y un larguísimo etcétera, posaron para su objetivo— quien hoy considera imposibles las fotografías que realizó en aquel tiempo. 

Pero antes de que eso ocurriese estuvo la sensación de libertad, la rebeldía, la oportunidad de ocupar, por primera vez en la historia, un espacio propio en el que la juventud de la época se mostró en toda su candidez, frescura y ganas de divertirse. Y eso es lo que ofrece esta película. Un espacio donde los jóvenes tomaron al asalto el territorio y los medios sin pedir permiso a nadie, convencidos de que su actitud era la correcta ante tanta depravación como les llegaba de gobernantes y progenitores, afanados en guerras y conflictos estúpidos. La habitación propia de Virginia Wolf devino un espacio propio, el inmenso territorio norteamericano donde dieron rienda suelta a los anhelos de fama, creación y diversión, y que nuestro protagonista reflejó fielmente en sus crónicas; al tiempo, él mismo llevó a cabo el rito de paso de la adolescencia a la juventud, siguiendo a esa banda de músicos y a sus asilvestradas fans de bolo en bolo, para terminar en Nueva York, donde, en la ficción, tiene lugar el despertar del sueño. Pero mientras aquello llegó y no... ¡quién pudiera haber tenido la oportunidad de vivir la mitad de las experiencias que acompañaron a esos chicos y chicas! Joan Didion protagonizó muchas de las que dieron lugar a acuñar más tarde el término, Nuevo Periodismo: el que promovía involucrarse en los hechos narrados; Tom Wolfe o Hunter Thompson fueron también referentes de este. ¡Cómo debieron de pasarlo mientras daban cuenta de ello! El personaje de esta ficción es más comedido; si acaso, pierde la virginidad en brazos de unas fans que se conjuran contra él en la habitación de un hotel de carretera. Pierde también la inocencia periodística: la carretera y las juergas están muy bien, pero hay que cumplir con el relato; así, a la vuelta de esos días ha de elaborarlo en tiempo récord y entregar un trabajo digno y agitador, el que exigen los lectores de esa publicación, entonces a la vanguardia del género. Además de enfrentar la honestidad de lo que se cuenta con el riesgo de herir susceptibilidades entre los miembros de la banda. Nada es nunca gratis.

En el relato se nos muestran también dos personajes que dan el necesario contrapunto a unos hechos que de no aparecer quedarían cojos: los que interpretan magistralmente Frances McDermond —impagable en el papel de madre sensata, de vuelta de veleidades artísticas y cabalmente preocupada por su pequeño—: la maternal bronca que le hecha a la estrella del rock que ha abducido a su hijo en cuanto tiene ocasión, resulta maravillosa: a una madre no se le puede ir con zarandajas de estrella del rock: "o cuidas de mi hijo o te corto los ******", viene a decirle; el otro es Philip Seymour Hoffman, quien interpreta un papel corto pero memorable, el de desencantado periodista musical que orienta al muchacho que comienza a bregarse en el negocio editorial de la música. En la dura lucha por abrirse un hueco en un mundo voraz del que él está de vuelta, y no en la mejor de las situaciones. Dos apariciones fundamentales que hacen que la película ya valga la pena. 

De modo que, tenemos todos los ingredientes para que la cosa funcione: la ilusión por el triunfo, el conflicto de egos, la pérdida de la inocencia, la fascinación de la fama y la toma a tierra que representan la madre y el crítico escéptico. Además del reflejo de una época convulsa y emocionante a partes iguales. Con todo, lo más reseñable son las caras de verdadera emoción fascinada de ese chico que emprende un proyecto ilusionante; y la capacidad que demuestra para ser leal a las personas a la vez que a su trabajo.

Una buena película donde queda patente la emoción que debió sentir su autor al revivir esos momentos y sabe trasladar a la dirección de actores. Historia coral con cantidad de ambientes de la que su director ha salido airoso. Memorable, por divertida, la escena en la que los músicos cambian el autobús por el avión en los desplazamientos —el éxito ha llegado por fin— y durante el curso de una tormenta aérea se sinceran unos con otros: allí se pone de manifiesto que nada es nunca lo que parece. 

 


Comentarios