Faruk

Sin duda ha de ser toda una experiencia trabajar a las órdenes de una hija. Más si el proyecto se ocupa de uno de los problemas de la ciudad donde se reside y lo hace a través de una historia dentro de la historia. Pues de eso va esta película: un relato que toma de la realidad el nombre de su protagonista, Faruk - un anciano, por más señas padre de la directora, debe abandonar su vivienda en un barrio de Estambul ante las presiones de una promotora para derribar el edificio donde vive y levantarlo de nuevo; el hecho no es gratuito: algunos de esos edificios comportan peligro de derrumbe frente a un seísmo al no haber sido levantados en su día con tales garantías; ahora, el ayuntamiento de la capital aborda la nueva construcción de estos a través de subvenciones a las promotoras que lleven a cabo las obras, siempre que los vecinos accedan a abandonarlas durante el tiempo que dure la reconstrucción; en teoría, todos ganan: el Estado enfrenta un problema de seguridad, las constructoras hacen negocio y los vecinos dispondrán de una vivienda nueva al cabo de dos años-, a la vez que narra, con las técnicas del documental y la ficción, las zozobras de los vecinos: las tediosas reuniones para ponerse de acuerdo en la conveniencia o no del derribo; la valoración de los pros y contras que conllevará la nueva construcción; la pérdida de algunos metros en beneficio de hipotéticas ventajas (ascensor panorámico); la inseguridad que implica, a personas maduras o ancianas, abordar obras de esa envergadura; la sospecha, siempre fundada, de los intereses especulativos de las constructoras; o el trastorno que supone buscar una vivienda temporal en una ciudad como Estambul, sometida a las presiones de la gentrificación la turistificación como el resto de las occidentales. Además, como Faruk sospecha, el edificio que habita no está realmente necesitado de derribo como sus vecinos argumentan, más pendientes de beneficiarse de una vivienda de lujo que de cumplir con las exigencias legales. Los vecinos y la promotora hostigan a Faruk para que otorgue un poder notarial a su hija, cosa que termina por hacer, a pesar de encontrarse en buena forma. El hecho tendrá consecuencias. 

Todo ello, visto a través del frío ojo de una cámara y una producción cinematográfica que da cuenta de un necesidad humana de primer orden: la vivienda. Una producción, por otra parte, sin duda minoritaria; abocada al circuito de festivales, aunque necesitada como todas de financiación y promoción; nunca tan exitosa como para recuperar con holgura el dinero invertido en ella o, en el mejor de los casos, no perder demasiado. 

Un aspecto relevante del relato es que el personaje al que da vida Faruk es nonagenario como el Faruk de la realidad. En ese caso, la pregunta que enseguida se plantea el espectador es de orden empático, ¿Qué haría yo de encontrarme en la misma situación que Faruk: dejaría que derribasen el edificio o, para lo que me queda en el convento...? Pero ¿y si el resto de vecinos ven el derribo con buenos ojos? ¿Y si hay quien aboga por incapacitarme? Aun saliendo airoso de esta argucia legal - la inhabilitación mental- asistimos a la manifestación de los insondables caminos de la codicia. Pero la historia tiene trampa, y solo al final se desvela como mucho más lesiva e injusta para el viejo de lo que habíamos sospechado hasta entonces: ver nota final si se desea conocer.

Con ser muy interesante, la historia se empasta en una sucesión de dilemas morales y administrativos que no acaban de fluir en términos narrativos, o triquiñuelas legales y comerciales que no llegan a calar en el paciente espectador.

Bien interpretados los papeles de Faruk y sus vecinos, que asisten impotentes a ese zarpazo de la realidad capitalista inclemente. Como nota curiosa, constatar que en Estambul nieva, y mucho. Es sorprendente, pues la ciudad se encuentra a 41º norte, como el sur de Grecia, Italia o Barcelona: curiosidades de la orografía. 

Nota final: en última instancia, es la propia hija del anciano quien vende la vivienda de su padre para financiar la película que está rodando. Se disculpa mediante carta - ni siquiera lo hace personalmente- desde Canadá, argumentando que, si la película va bien en taquilla, le comprará una casa mejor en la playa. Pero, ¿tiene su hija derecho a hacer eso? ¿Se puede ser más ruin? ¿Habrá ocurrido así en la realidad? Nos quedamos con la duda.

    

 


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