Big boys

Los ritos de paso en la adolescencia resultan un camino espinoso por sí mismos. En mayor medida, si se ven obligados a confrontarse con el heteropatriarcado - palabra que jamás pensé que usaría, pero que en esta ocasión viene que ni pintada: de hecho, no encuentro otra que defina mejor lo que le ocurre a nuestro protagonista - y una serie de conceptos o maneras de actuar que, teniendo como base la familia nuclear, son buenas o malas en base a la costumbre o los criterios y reglas de juego establecidos de antemano y a menudo equivocados. Si estos tienen como marco de actuación la sociedad norteamericana, su delirante consumo y el desmedido número de clichés a que sus jóvenes se ven sometidos entonces nuestro adolescente se mostrará desorientado por partida doble. Ahí van algunos ejemplos: si tienes catorce años, te preocupas por lo que comes y te gusta cocinar entonces eres de la "cáscara amarga"; si no reaccionas a los trogloditas estímulos de cortejo y seducción de tu hermano mayor eres maricón; si no se te hace extraño manifestar las emociones tanto verbalmente, como a través del dibujo o la escritura eres homosexual; si deseas caer en gracia al novio de una prima lejana con la que tienes una estrecha afinidad afectiva, no cabe duda alguna, eres gay. 

Tales comportamientos se ponen de manifiesto en la pareja de hermanos con prima y novio que van de acampada a un bosque con lago. Así, quien se nos hace pasar por arrogante, fuerte y seguro de sí mismo - el novio tejano de la prima -, incluso machista, resulta ser tierno, comprensivo y frágil; de una inseguridad en alarmante cuando se pierde en el bosque junto al chico adolescente. En cambio, al hermano de nuestro protagonista enseguida se le ve venir: no es más que un bocazas que presume de lo que liga y bebe sin haber abandonado del todo esa adolescencia en la que está inmerso el hermano. Un cantamañanas que busca epatar con el novio tejano de su prima en base actitudes de primer orden. 

A todo ello asiste perpleja la prima, a un baile testosterónico que bulle a su alrededor, sin saber muy bien cómo comportarse: el tejano, supuestamente adulto y responsable, se pierde en un bosque junto a al primo adolescente de la que ella es responsable ante su madre; éste resulta herido en una rodilla y termina por darle  un buen susto; su hermano se muestra incapaz de hacer otra cosa que no sea bravuconear. 

Al final resulta, al menos en mi opinión, que el muchacho  es homosexual. Me conduce a esa conclusión la manera en la que el chico se proyecta a futuro: en la película se nos muestran sus ensoñaciones adultas, donde se imagina a sí mismo teniendo sexo con el primo "político" al que idolatra o contemplando juntos la puesta de sol: compartiendo la vida, en suma. Lo que chirría es la manera en la que esos patrones de conducta machista y patriarcal, tenidos por únicos y aceptables para encasillar a las personas en una u otra tendencia, continúen siendo válidos. Y, si el muchacho resulta ser finalmente homosexual, no ha de ser porque le guste cocinar, dibujar, escribir, autoexplorarse o expresar abiertamente sus emociones. De hecho el tejano, epítome de la hombría norteamericana, se muestra tierno, comprensivo y maduro cuando el chico trata de justificarse por haber tenido una erección en su presencia. Nada es siempre lo que parece. Los grises son necesarios en las relaciones humanas. 

Interpretaciones brillantes de sus cuatro protagonistas: contenidas, nada histriónicas y en absoluto previsibles - en especial, las del chico adolescente o el tejano-, dirección intimista de actores y planos de cámara cercanos y emotivos, lejos de cualquier artificio y al servicio de la narración de las emociones, el argumento central de la película. Corey Sherman, su directora, realiza un espléndido trabajo de dirección de actores y puesta en escena de una historia compleja y nada complaciente.

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