Simón de la montaña
Si el mundo de los disminuidos psíquicos a menudo provoca rechazo a causa de sus comportamientos imprevisibles, libérrimos, lejos de toda norma o asimilación social, este se hace aún más confuso y provoca un extrañamiento mayor cuando no queda claro si una de esas personas es o finge ser como dice y se comporta. Me explico. Dentro del grupo de muchachos y muchachas que nos presenta Simón en la montaña no queda claro, al menos a quien esto escribe -tampoco a aquellos que visualizaron la película en mi compañía- si el protagonista se hace pasar por disminuido para ser aceptado en un grupo que lo acepta tal cual es: un poco discapacitado, bien es cierto, pero con unas destrezas y habilidades sociales y comunicativas que no están al alcance de los demás (conducir, nadar, expresarse de forma coherente, servir como ayudante de mudanzas, etcétera). Tal vez lo que le falte sea cierto grado de picardía para conseguir aquello que los demás tienen y él no: un certificado que lo habilite como dependiente y le facilite la vida dentro de una comunidad donde sus necesidades se verán más o menos cubiertas. De esa manera abre y cierra el film el director: con la gestión ante una ventanilla administrativa de Simón y su compañero, tratando de conseguir el ansiado documento. En medio, una familia que niega su tara, un centro que rechaza su comportamiento -en ocasiones fuera de norma- y un grupo de compañeros que expresan sus pulsiones afectivas, sexuales o lúdicas con una mayor o menor aceptación según se trate de unas familias u otras. La discapacidad, expresada de forma cruda, sin paliativos, infantilizaciones o paternalismos no es siempre fácil de digerir.
Nada que objetar a ese universo salvo que, una vez más, a la pronunciación argentina se suma la dicción castellana de una lengua que no siempre se entiende, además del sonido directo y la vocalización deficiente de los actores.

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