Siempre juntos
Un relato que sin grandes
alharacas ni referencias al melindroso estilo Hollywoodiense e imitadores, nos
traslada de forma amable, además de combativa, a la realidad sin paliativos de
la vida en familia. Un universo donde las cosas van bien a veces… y otras no
tanto. Una apuesta a todo o nada en la que, necesariamente, nos vemos reflejados por
razones obvias. ¿Quién no tiene familia, por ideal o desestructurada que esta sea?
Sueños, frustraciones, desencuentros, violencia, alegría, tristeza, hastío,
resistencia, ansiedad… o la necesidad imperiosa de sobreponerse a la adversidad.
Pero antes que nada la necesidad, no sólo de parte de los protagonistas, sino
de quienes estamos al otro lado de la pantalla, de reconocer los pequeños
momentos que hacen que la vida valga la pena.
O, en resumen, un hijo en
edad adolescente que se va de Brasil a Alemania para comenzar su vida lejos de casa.
Pero eso sería demasiado resumir.
Sería obviar cómo llegó ese muchacho hasta ese momento crucial en su existencia; qué lo llena de ansiedad e inseguridad, aunque nunca de miedo. Ese proceso lo vemos
en la atención que presta a sus tres hermanos menores hasta el momento en que emprende el vuelo. En el amor incondicional
por sus padres. En el modo en que todos salen adelante merced a la entrega
indesmayable de una madre que se multiplica para atenderlos; a un padre soñador
y buscavidas que pone más amor que desempeño en la misma empresa. E incluso en una
casa que se les cae a pedazos al tiempo que una nueva se construye a pocos metros
de la anterior. Para qué reconstruir entonces una puerta que se rompe o reparar
un grifo que pierde agua —mucha— o un tejado que gotea. En cualquier otra circunstancia, sería más que aconsejable; pero es que antes hay que bañar a los pequeños,
acudir a los partidos del mayor para animarlo, reprochar al mediano la falta de
atención con sus hermanos, dar cobijo en casa a una hermana que es víctima de
la violencia machista; acudir al mercadillo de compra-venta para sacar unos
cuartos, asistir al marido en el cierre de un negocio ruinoso de venta de libros,
mostrar interés por las lunáticas ideas de nuevos emprendimientos que éste le presenta,
resistir a sus envites para vender la casa de verano —herencia de sus padres y único
lugar de desconexión, que no de descanso, durante los meses estivales—, gestionar
la marcha del chico a Europa, además de... ¡Atender a los estudios para sacarse el graduado
escolar! Una lucha titánica que la hace caer agotada, literalmente derrumbada,
en el suelo de la cocina… para volver a levantarse y seguir peleando por aquello
que representa toda su vida: la familia.
Mas, lejos de caer en la moralina fácil o el sentimentalismo barato, lo que consigue Gustavo Pizzi con la sucesión de metáforas de esta troupe que habita una barriada humilde de Río de Janeiro —nada de bahía, pan de azúcar, Corcovado, carnaval o favelas; imágenes tópicas que desvirtuarían la credibilidad de la historia— y cuya vivienda se desmorona, es mostrarnos la ilusión que encierra una casa nueva, un nuevo proyecto o el todavía considerable número de hijos que quedan por sacar adelante, frente a ese "bien pequeñito" que, ley de vida, se va de casa: su benzinho adorado.
Como en la imagen, los actores —Karine Teles, Otávio Muller, Adriana Esteves, Konstantinos Sarris— encarnan a un grupo de personas entrañables, tan creíbles en sus papeles de ciudadanos superados por la adversidad y aún así resilientes, que representan a cualquier vecino, en casi cualquier parte del mundo.
Tal vez podría desprenderse del texto anterior que la historia que se cuenta es edificante o moralizante, al estilo del Frank Capra de ¡Qué bellos es vivir!, relato tan lacrimógeno como habitual por estas fechas. Nada más lejos. Con Benzinho uno abandona la sala con la confianza recobrada en el ser humano. Al menos, hasta que llega a la esquina de la calle, donde la cotidianidad y el escepticismo lo asaltarán de nuevo.


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