Viet and Nam

La arriesgada mezcla de drama de posguerra, homosexualidad masculina, aire confinado (los protagonistas son mineros del carbón) y mediación ultraterrena, logran que a quien suscribe le cueste esfuerzo terminar la proyección; larga, por otra parte. Para localizar los cadáveres de sus familiares difuntos durante la guerra, parece que los vietnamitas recurren a médiums que les ayudan con la labor. Así, en un paseo por la selva y contando con la colaboración de estos, logran dar con los huesos de sus seres queridos para enterrarlos con la dignidad que se merecen. Verdad o fraude, no es cometido de este texto; por mi parte, suspendo la credulidad como es preceptivo. Pero, mientras se alcanza o no dicha mediación, hemos de asistir a la tediosa vida de una pareja de enamorados en las profundidades de la tierra. Entre vetas de carbón y sudor, los novios dan rienda suelta a un amor furtivo que cuenta con la oscuridad como aliada. Se aman, arrancan carbón y sueñan con largarse a un país vecino donde la vida sea más sencilla y puedan disfrutar del amor con naturalidad. Entretanto, asisten a una vida miserable en la que la precariedad de la vivienda, la alimentación, el vestido o el entorno (la contaminación de ríos y riberas campa a sus anchas) no dejan lugar para ensueños. Y en cambio, se dan. Pues todo parece estar envuelto en un halo poético en el que los personajes, lejos de revelarse contra ese determinismo existencial, se limitan a subsistir y aceptar su condición; aunque mantengan viva la esperanza de largarse algún día y rehacer su vida al otro lado de una frontera, siempre sugerida. El regreso de un tío excombatiente viene a agravar la situación de una familia —y de este espectador, que a duras penas soporta ya el tedio— que aún alberga esperanzas de encontrar al padre. El hombre relata los hechos del combate con una cadencia y un ritmo, aptos sólo para orientales. 

Paralelamente, los muchachos han decidido emprender la huida y se ponen para ello en manos de una de las mafias que operan la región. Con tan mala fortuna, que el contenedor en el que viajan se ha desprendido del barco y vaga ahora  a la deriva con ellos dentro, que sueñan con la llegada a puerto y.... una buena tajada de sandía con la que refrescarse. Ignoran que se encuentran en las fauces de un cajón que flota en el mar mientras albergan la esperanza de otro mundo. El espectador, lo sabe: lástima que no alcancen hasta ellos nuestras voces. 

Tan bien intencionada como aburrida. Si acaso, lo que se trasluce es el destrozo que el amigo norteamericano ejerció y sigue ejerciendo en todo el mundo sin que por el momento nadie parezca capaz de pararle los pies, ni siquiera sus propios ciudadanos. También, la necesidad que tienen los pueblos de sanar sus heridas mediante el ejercicio de la Memoria Histórica, tan cuestionada en ocasiones por estos pagos. 


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