La vida soñada de Miss Fran

La vida soñada nos ofrece, con descarnada naturalidad, aspectos bien reconocibles de una de las plagas de nuestro tiempo: la soledad no deseada. La incapacidad de las personas para adaptarse a un mundo donde los estímulos recibidos no resultan suficientes para llenar el vacío existencial que padecen. Parece que no basten el trabajo bien remunerado, el compañerismo respetuoso y delicado o la vivienda confortable para llenar las largas horas que van de una jornada a la siguiente; del fin de semana al lunes próximo, cuando la inexistente vida social de su protagonista vuelva a reactivarse con el regreso a la oficina. Tampoco es que allí se relacione de modo activo o entusiasta, pero el sencillo hecho de hallarse rodeada de gente durante el tiempo que permanece en esta, representa la dosis de compañía necesaria para poder seguir con una vida doméstica carente de alicientes, en la que ocupa su tiempo imaginando maneras de desaparecer. Y así como en el trabajo la interacción con los compañeros es nula, la justa para no pasar por maleducada o irrespetuosa, en el ámbito doméstico ni siquiera una mascota o un pez dentro de una pecera acompañan las horas anodinas en las que Fran —así se llama nuestro personaje— dedica a imaginar formas de desaparecer. Le gusta su trabajo, sí —o eso asegura—, un empleo anodino donde su labor consiste en proveer de material de oficina a los compañeros y pasar la jornada vegetando en el cubículo que conforman tres mamparas; curioseando a su través para espirar la actividad de los demás. 

Una vez en casa, ya a merced de ese mundo imaginario y destructivo, se ve a sí misma bajo una pira de leños y un fuego que se enciende y la consume; o colgada por el cuello de una estacha afirmada a una grúa que la suspende en el aire; o golpeada en la cabeza en mitad de un bosque solitario para quedar consumida por la vegetación que la rodea; o impactada brutalmente contra el parabrisas del coche hasta perder el conocimiento y la vida. Todos sus pensamientos parecen remitirla a un lugar donde la existencia y la pesada carga que supone mantenerse en ella, dejan de suponer un esfuerzo titánico: levantarse cada mañana a la misma hora, lavarse los dientes y asearse para acudir al trabajo, observar a sus compañeros sin mantener más contacto que el estrictamente necesario; tomar cualquier cosa con salsa encima por todo alimento a su regreso y vestir puntualmente el camisón para acostarse en soledad, una noche más.

De súbito, la jubilación de una compañera brinda al grupo la oportunidad de un nuevo empleado en la oficina; un chico extrovertido y amable con quien parece fácil conectar, como deja patente la presentación en grupo que todos llevan a cabo en la sala de descanso. Ya en lo personal, una cena con ese chico, un cine, algún paseo a solas con Fran, parecen conducir a un principio de relación entre estos solitarios —él arrastra dos fracasos matrimoniales: "un pecado de juventud y otro de madurez", afirma—; pero todo se trunca cuando el vínculo se estrecha: por nada en particular, salvo por la incapacidad de ambos para darse al otro y dejar en manos de éste parte de su libertad individual, la que corresponde a cada uno y el principio en el que se sustentan las relaciones interpersonales. Durante un instante, el espectador percibe que aquello puede fraguar; que ambos saldrán airosos de la burbuja en la que se encuentran fuera del ámbito laboral. Pero hay algo que parece conspirar contra ellos: basta una chispa, el mínimo desencuentro, para que se produzca la ruptura sin haber atisbado apenas la confianza. 

Será el encuentro con la compañera jubilada la que dispare las emociones de Fran. Quien la lleve a luchar por esa amistad incipiente y no dar nada por perdido. Esa mujer, feliz semanas atrás por su jubilación e ilusionada con el crucero que se había regalado como premio, languidece ahora ante un café con leche en una mesa de la panadería del pueblo: su marido ha sufrido un ictus y se encuentra postrado en cama. Ella se ve obligada a atenderlo y ver queda tras la popa la ilusión.   

Como corolario, la película deja en el espectador un poso amargo y la imperiosa necesidad de practicar, aún a riesgo de fracasar, el contacto con el otro; la única forma de orillar una soledad que de otro modo se tornará incapacitante. 

La vida soñada parece un relato anodino que, sin embargo, nos conduce a los márgenes de una existencia donde, quien más quien menos, puede reconocerse en los personajes en algún momento de la vida. Una película sin pretensiones, que indaga sin alharacas los entresijos de la condición humana. Y, por otra parte, en las antípodas de películas como Amarga Navidad —la cito por haberla visto casi al tiempo—, el vacuo y pretencioso último producto de la factoría Almodóvar, a mayor gloria de su realizador: donde todo lo que se nos muestra es monísimo, cool y bien envuelto a fuer de huero. 

Magnífico y creíble plantel de actores, extraordinarios por comunes, dando vida a unos personajes que destilan alma y verdad en cada aparición. Al contrario que en la historia del manchego, donde un amplio grupo de estrellas consagradas y amiguetes hacen del filme una reunión de amigos más que una historia de ficción. De no ser el sustrato estelar y el cuidado diseño recordaría a la exitosa Torrente presidente: al menos Segura no engaña con su producto. 

 

 


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