A sabana e a montaña
Si bien la intención es buena y
loable la factura de la película, no es menos cierto que resulta soporífera. Es
de justicia valorar la labor de grupo de los actores amateur —los vecinos del
pueblo de Covas do Barroso, pequeña localidad situada al norte de Portugal— así
como la dirección de estos por el realizador Paulo Carneiro. Un amplio grupo de
personas que, sin tener ninguna condición interpretativa, son capaces de sacar
adelante una historia de solidaridad, oposición al capitalismo feroz que amenaza
los montes de su aldea e imaginación para contener a una empresa depredadora.
Tal empresa, de nombre Savannah Resources, es la que da título a la película. A
esta se opone la montaña, la otra pata del banco. Los altos montes del norte
luso donde la compañía ha puesto los ojos tras encontrar litio, metal
imprescindible para la fabricación de baterías que la empresa ansía explotar.
Dicho metal se encuentra disperso en ciertas rocas y es escaso en la corteza
terrestre, lo que conlleva destrozar enormes cantidades de terreno para
extraerlo. Y aunque no sea la explotación minera en sí lo que desarrolla el
relato, conviene tenerlo presente. Pues los vecinos, preocupados con razón por
lo que se les viene encima, comienzan a organizarse para intentar frenar los
envites depredadores de Savannah. Y lo hacen con lo que tienen a mano: la unión
popular armada con el conocimiento del terreno, además de sus aperos de
labranza y tractores; en definitiva, la eterna lucha de David contra Goliat
donde este último cuenta como aliado con un político que ha vendido al pueblo
por anticipado. Y aunque la película no desarrolle el desenlace de la historia,
pinta mal para los vecinos.
Asistimos al enésimo duelo entre
codicia y depredación del territorio, movimiento de placas tectónicas que no ha
cesado desde que el mundo es mundo y del que contamos con sobradas muestras en la
península ibérica: Aznalcollar (Huelva), Río Tinto (Huelva), Altri (Galicia)
—esta última, finalmente desestimada por la oposición popular y la excusa de
que no cuenta con suministro eléctrico, a punto estuvo de sumir a la comarca de
Palas de Rei en una espiral de humos, contaminación del río Ulla y devaluación
de una rica región ganadera—, o Lithium Ibérica (Extremadura) —caso gemelo del
que se denuncia en la película—, y en fin, innumerables muestras de explotación
sin tasa de amplias comarcas que la industria considera aptas para la
extracción de recursos que dejará abandonados a su suerte una vez los haya
depredado; quedando tras del uso un erial de residuos, ruinas industriales y la
irreversible devaluación del espacio natural. Todo ello amparado en un
argumentario que es siempre el mismo: creación de puestos de trabajo, riqueza
para la comarca, devolución del espacio natural a su estado original, etcétera.
Condiciones que rara vez se llevan a cabo, más bien al contrario: basta echar
un vistazo a las explotaciones mineras y portuarias o a las infraestructuras
que se han acometido en el pasado para servir a intereses, generalmente
foráneos —es el caso de las dos mencionadas: la de Covas de Barroso sería la
primera de Europa de llevarse a cabo, y la Sierra de Valdeflores en
Extremadura, operada por Lithium Ibérica y Extremadura New Energies (siempre es
más verde en inglés), la segunda— para caer en la cuenta. Compañías
extranjeras, a menudo avaladas por el gobierno o la administración de turno,
son las que se lo llevan crudo. La unión Europea ha señalado el litio como de
interés estratégico, y el gobierno portugués/extremeño las comarcas como de
“interés nacional”, el punto de partida desde el que se originará la cascada de
desprotección territorial y se dará carta blanca para laminar cualquier
oposición.
Aunque la película se centra
únicamente en la toma de conciencia por los habitantes del pueblo y su
organización en consecuencia, también deja traslucir un sentimiento de
impotencia ante la amenaza que se cierne sobre ellos. Los vecinos apelan a la
dignidad, a la lucha organizada, a la imaginación en una representación
carnavalesca de un poblado del oeste norteamericano acosado por un bandido
—Savannah—. El espectador —ojalá me equivoque— percibe, en cambio, que todo
será inútil, incluso naif la puesta en escena de esa oposición: la empresa
acabará por hacer lo que ha venido a hacer y los vecinos lo saben; la unión se
romperá cuando a cada uno, en privado, le ofrezcan dinero por sus terrenos; se
menciona en el filme y es argumento manido para limar asperezas. No se adivina
esperanza. Y aunque sea preciso dar la batalla, como nos recuerdan por
triplicado las canciones que entona un bardo local en la película, no se augura
un resultado feliz para ellos. Malos tiempos para la lírica, que cantaba otro
bardo.
Ya a título personal uno se pregunta, si la explotación de esos recursos es tan interesante, ¿por qué no los aborda la administración local/nacional, de modo que los beneficios reviertan directamente en la población/comarca/nación? Y, por otra parte, ¿por qué no se exige a las compañías extractoras un aval millonario que garantice el retorno de los terrenos a su condición original, una vez explotados? Cuestiones que fácilmente apelan al sentido común. Claro que, si es fácil, no ha de ser rentable para unos pocos.

Comentarios
Publicar un comentario