Menorca o La posibilidad de una isla
Una joven se acerca a la orilla del mar en Punta Prima, frente a la isla del Aire; se desnuda y calza en los pies unos escarpines, coloca sobre ellos las aletas y arrolla a su cintura la banda que sujeta la boya flotante de señalización. A continuación, ajusta a la cara la máscara y el tubo de respiración y así, como su madre la trajo al mundo, se introduce en el agua cálida del Mediterráneo una radiante mañana de julio. Con parsimonia, comienza a bracear y batir piernas mientras clava la mirada en un fondo de posidonias y cantiles afilados: fluye entre el azul intenso del cielo y el agua. Acompaño su avance desde tierra hasta caló Roig, donde decide dar la vuelta, a una milla de distancia del punto de partida. De súbito, me alcanza una honda melancolía. Desearía acompañar a esa silenciosa sirena allá donde fuese, pues con su discreta presencia, sin emitir canto alguno, ha sabido embaucar a este Odiseo de baratillo. “Tal ha de ser el espíritu de Menorca”, me digo al ver como se aleja la baliza a tirones breves que llevan enganchado a ella mi corazón.
La ansiedad y la presencia de una luna que los vanos tiempos nuevos han dado en llamar “de fresa” animarán el camino la misma noche de mi llegada a la isla. Emergiendo desde el mar por cala Mesquida, en compañía de la húmeda y sofocante brisa marina, será cuanto necesite para avanzar esa primera jornada hacia el cabo de Favaritx. Sí, había tomado la insensata decisión de caminar a oscuras ante el temor de encontrar el Camí de Cavalls sembrado de gente que perturbase la paz que había soñado encontrar. Lógicamente, no me crucé con nadie. Tan sólo la sombra de mi cuerpo bañado en luz de luna, e iluminado con regularidad cuando alcancé el faro del mismo nombre, fueron quienes de coser a las botas mi presencia en este mundo, por fortuna silencioso. De ese modo atravesé la albufera des Grau, escuchando el parpeo de algún pato desvelado, junto al rumor que quedaba prendido en las copas de pinos, sabinas y acebuches el viento que llegaba desde la cercana playa.
Más adelante, mientras tomaba un tentempié al borde del acantilado que conduce al faro, situado bajo su linterna y perfectamente geolocalizado, resultó inevitable tener un pensamiento para los cientos de miles de almas que arribaron a esta costa antes que yo, a lo largo de los siglos, con mayor o menor suerte. La isla —lo sabría más adelante— presenta escarpadas costas hacia el norte y se distingue con dificultad en la distancia. Apenas cuenta con un pico algo elevado que se encuentra situado en su centro y la hace indistinguible a las embarcaciones que navegan de norte a sur de madrugada. Así ocurrió con el vapor General Chanzy, que hacía la ruta entre Marsella y Argel una oscura noche del siglo pasado, yendo a dar con sus cuadernas en los acantilados de punta Nati. Tan sólo sobrevivió un joven agente de aduanas de nombre Marcel Bodez; tenía veintitrés años y fue el único de entre los ciento cincuenta y seis tripulantes que salió con vida: “Lo que me salvó es que tuve la presencia de espíritu suficiente para procurarme un chaleco salvavidas y arrojarme decididamente al mar”, declaró, con aplomo impropio de su edad. Con todo, permaneció veinticuatro horas en el interior de una cueva a la que logró trepar, escuchando cómo el resto del pasaje se estrellaba contra las rocas —muchos de los cadáveres no pudieron ser identificados—; excuso imaginar las pesadillas que habría de sufrir el pobre muchacho el resto de sus días.
El faro de Punta Nati se levantó en 1913 a raíz de ese naufragio ocurrido en 1910. Poco después se alzó el de Favaritx, en 1917. Antes, se había erigido el de Cavallería en la punta norte de la isla, en 1857. Los tres, junto con el de la Isla del Aire al sureste y el d’Artrutx al suroeste acotan hoy la isla en los cuatro puntos cardinales.
Prosigo camino a la luz del farol, horadando la oscuridad como un personaje del mito platónico de la caverna, dando por cierta una realidad que no es sino parcial, la que alcanza el haz de mi linterna. Otro tanto mencionaba Javier Marías en relación con la literatura que practicaba: “hay autores que escriben con brújula, planificando meticulosamente aquello que desean contar; otros, en cambio, nos abrimos camino en la oscuridad del relato a la luz de un candil que cargamos en una mano, apoyando la pluma contra el papel en la otra”, vino a decir en alguna ocasión, y ahora recuerdo mientras avanzo en la oscuridad igual que él escribía. “Si conozco de antemano el lugar al que voy a llegar, entonces la historia no me interesa”, añadía.
Tal vez, una de las más gratificantes sensaciones de esta insensata experiencia —después de todo, la luz no apareció hasta el cuarto día de la Creación— sea contemplar el amanecer desde las antiguas salinas de cala Addaia. Escuchar la algarabía de la vida restablecerse gradualmente tras la pausa nocturna y sentir cómo se llenan los pulmones con aromáticas fragancias isleñas —manzanilla, hinojo, romero, ginebró: el enebro que da a la ginebra menorquina su personalidad característica— mientras desayuno un chusco de pan con queso y suspiro por un café con leche y una ensaimada. Al cabo, me animo a modo de consuelo, la cabaña de pescador situada en el cul-de-sac de la cala donde me siento a descansar es cuanto necesita un hombre para ser feliz. Y es verdad. Tanto el lugar como el cobertizo son maravillosos: una precaria construcción con tejado a dos aguas y techado de caña, donde un portón se abre a la bahía y permite guardar la barca en su interior. En el exterior, un banco corrido tallado en la piedra y un hogar donde asar aquello que se pesca a la sombra de un cañizo, completan el escenario. Las paredes pintadas de rojo y las ventanas de verde dan constancia del pasado británico de la isla; blanco de cal en el tejado y el borde de ventanas y bancos, son los que impone el sol inclemente y la tradición del archipiélago.
La vida comienza bien temprano por estos pagos. No en vano, el puerto de Mahón presume de ser el que acoge el primer sol del Estado. Por eso no me cuesta dar con un bar abierto a las siete de la mañana donde llevar a cabo un aseo precario y tomar el ansiado café, acompañado de una deliciosa ensaimada. También de los parroquianos que echan, a hora tan intempestiva, una partida de cartas; cosa inaudita si tenemos en cuenta que todos los jugadores están jubilados y el sol no aprieta como para que merezca la pena el madrugón. Pero cuando observo que acuden a desayunar un par de familias con niños corroboro que allí el extraño soy yo e impropias mis costumbres —excuso añadir que he caminado toda la noche sin necesidad, por el puro placer de hacerlo bajo la luz de la luna llena—. Bien es cierto que, habituado como uno está a la higiene diaria —la vida espartana sólo está bien en las novelas de aventuras— enseguida echo de menos una ducha reparadora. Mas en la isla, la carestía desaconseja ofrecer agua dulce en las playas —lo que no impide que las piscinas se multipliquen y llenen por doquier, basta acudir a Google Maps para comprobarlo—, y esta se halla en las instalaciones hosteleras, las que ofrecen ducha, piscina o ambas, a cambio de tomar una consumición o un menú en sus instalaciones: eficaz y rentable manera de ofertar un servicio necesario, pero escaso.
De camino a cala Tirant, ocho tonos de azul en el agua y otros tantos en el cielo abruman a un caminante de latitudes más a poniente. El fulgor del sol aviva el resplandor de un mar que la modesta posidonia se esfuerza en depurar cada día y subyuga a quien recorra el sendero con idéntico entusiasmo al mío. La belleza natural del entorno se ve aumentada por la labor que sus moradores se han esforzado en acrecentar a lo largo de los siglos; se plasma en los muros de piedra seca, en las barracas troncocónicas con aspecto de pertenecer a otro mundo, concebidas para dar cobijo al ganado y extraer, de paso, las molestas piedras de un terreno escaso y necesario para el cultivo; en aljibes y pozos artesianos construidos con maestría e ingenio; en eras tapizadas de baldosa cerámica en las que separar el trigo de la paja con enorme esfuerzo —los labradores debían subir las gavillas hasta un lugar elevado no por capricho, sino por ser el único donde el aire corría con la fuerza suficiente para llevar a cabo esa labor—; en viviendas y cercados levantados con talento, aprovechando eficazmente unos recursos limitados en una tierra que un día fue pobre en ellos; y ponerlo en práctica, además, de manera armoniosa, entendiendo que el espacio no ha de explotarse sin más, sino que es necesario hacerlo con gracia para que merezca la pena habitarlo.
Hoy Menorca vive del turismo, claro. Cómo no sucumbir a un maná que cae del cielo y riega de dinero —fácil, no sería el adjetivo, pues se ha de alojar, alimentar y entretener a una población que aterriza cada hora en busca de aguas transparentes, sin sucumbir al difícil equilibrio entre sobre-explotación y preservación de un territorio que aspira a la sostenibilidad; que trata de evitar los errores en que cayeron sus hermanas mayores, Mallorca e Ibiza— estas islas; idílico lugar que la moda de sol y playa han convertido en privilegiado. Aunque no haya sido siempre así. Como apuntábamos, el agua era y es un bien escaso y el terreno dedicado al cultivo o la ganadería estaba y está en permanente conflicto con los nuevos usos. Se deja sentir en la eterna disputa entre los partidos políticos, al punto de acusarse mutuamente de haber incrementado hasta lo insoportable el número de plazas hoteleras.
Dejando a una lado estériles disputas, prosigo mi camino a la sombra de los pinos, que no al amparo de su frescor: el canto de las cigarras —no cesan de batir alas para aliviar el calor— así lo evidencia. En la fábula clásica, la hormiga trabajaba durante todo el verano mientras la cigarra cantaba alegremente. Llegado el invierno, la hormiga tenía comida y la cigarra no, cosa que la primera le reprochaba cuando aquella acudía a pedir alimento. Al escucharlas, ignoro si son o no laboriosas las cigarras, pero parece evidente que o cantan o se mueren.
Si la ensenada de Addaia resultaba hermosa, al abrigo de una costa donde los temporales tramontanos acostumbran azotar con violencia, la de Ses Salines, en la bahía de Fornells, es un sueño para cualquier navegante. Enorme “calcetín” de dos millas y media de longitud, con calado suficiente y gran cantidad de “muertos” a los que amarrarse —previo pago, imagino—, que se introduce en la tierra de norte a sur partiendo de la localidad del mismo nombre, y ofreciendo el mejor abrigo natural en esa parte de la isla.
En punta Cavalleria el viento barre con fuerza la costa este día de julio. Numerosos turistas se acercan al faro en coches de alquiler, dejando atrás a un esforzado caminante al que —algunos— saludan desde la comodidad acondicionada de sus vehículos, en una suerte de mala conciencia. El faro se alza blanco e imponente frente a una costa salpicada de borregos que el mar levanta impetuoso. Y aunque las 220 millas que separan Mahón de Calasetta (Cerdeña) parezcan quedar al alcance de la mano, ni un sólo velero surca la línea del horizonte esta mañana. Por algo será.
Dejando a un lado imposibles ensoñaciones marineras, continúo mi avance por tierra hacia cala Pilar. Antes, sobre una pequeña plataforma de cemento, a cubierto bajo un techado de caña, decido darme un chapuzón en una cala minúscula que se abre a Levante. La transparencia de sus aguas, así como la ausencia de oscuras medusas —una plaga en estas fechas y esta costa— invitan a dejar por un momento el camino y hacer lo que a uno le plazca: después de todo, morimos con cada segundo que vivimos, con cada bocanada de aire que respiramos; lo único que nos llevaremos con nosotros al Hades será la gloriosa sensación de agua y la sal sobre el cuerpo desnudo mientras un sol indolente nos baña con su luz desde lo alto.
Cavalleria, Mica, Binime-la, Pregonda …son playas o calas que voy dejando atrás a medida que avanzo, en un constante sube y baja de escarpados acantilados. Desde todos se observa un mar bronco que no invita al baño. La fuerte marejada y la resaca que se advierte en la arena hacen buena la decisión matinal. De modo que es el camino el que invita a detenerse en cala Calderer. Una playa poco agraciada que, de no ser por la hermosa cabaña encalada y entoldada, ubicada en lo alto de un pequeño promontorio a su derecha, hubiera resultado indiferente al caminante. Mas su armoniosa sencillez hará del almuerzo tomado bajo su sombra uno de los recuerdos más vívidos de la travesía: ¿Por qué construir con fealdad o desmesura si cuanto se necesita está aquí al alcance de la mano?
Rocas perforadas por el viento, muros de piedra seca, barracas piramidales, vastos espacios de retama y monte bajo en pequeños valles al abrigo del viento; vacas que pastan apacibles a la sombra de los pinos. Al contemplarlas, dan ganas de hacerse granjero en un lugar como este. Al cabo, cala Pilar, barrida por el mismo viento inclemente que ha acompañado mis pasos durante toda la etapa, tampoco invita al baño: una buena excusa para regresar en el futuro. En el ascenso a la colina que conduce al aparcamiento los más devotos pueden honrar a la virgen a la que el lugar debe su nombre. Se encuentra oculta a la sombra de un pequeño promontorio rocoso, en una revuelta del camino al que hay que prestar atención, y donde los más piadosos dejan toda suerte de figurillas y recuerdos a modo de homenaje.
Pistas de tierra entre frondas boscosas que se abren a praderías donde apenas se divisa construcción alguna —los mapas desmentirán más tarde al caminante; esas praderas y pinares, en apariencia solitarios, albergan recónditos agroturismos de factura deliciosa (y prohibitiva)—, acercan mis pasos hacia la playa de Algaiarens. Igual que el día anterior, el fuerte viento disuade a cualquiera de adentrarse, siquiera un par de metros, en el mar. Para disgusto de unos niños que alcanzan la playa tras de mí y deben regresar, desilusionados y abrazados a sus cocodrilos y pelotas de plástico, por donde han llegado. Una tras otra las calas se suceden alternando acantilado, pinar o garriga hasta alcanzar las urbanizaciones de cala Torrent. Población donde los espacios hoteleros conviven con lujosas viviendas blancas que se recortan contra el azul del cielo y el mar. Apostada en la terraza de una de ellas, una joven pareja se dedica mimosos arrumacos de felicidad mientras desvía un instante la vista del horizonte para comprobar, estupefacta, cómo el socarrado andarín toma una vía sin salida frente a su casa. ¡Qué les hubiera costado advertir! Antes de alcanzar la cala, en una revuelta de la carretera, se encuentra la necrópolis homónima. Un lugar donde la roca ha sido excavada en profundidad para dar cobijo a una sucesión de cuevas y galerías donde se inhumaba, en el remoto pasado, a los difuntos. Allí permanecían, acompañados de enseres y ajuar, aguardando esa otra vida prometida a los seres humanos desde que tienen conciencia: parece que una sola resulta tan breve que esa ilusión colma de esperanza a millones de personas, al punto de que algunos dan más importancia a la que está por venir que a la que viven.
Una de las agradables sorpresas que depara el Camí de Cavalls es la constante variación del paisaje a medida que se avanza. En la costa norte, tan pronto se camina al pie de peligrosos acantilados como se desciende a deliciosas calas o recónditas playas; la senda se adentra en bosques de frondosos pinares donde al omnipresente canto de las cigarras se suma el rumor del viento en las ramas, o bien se abre a anchas praderas en las que se cultiva cereal o pasto; pequeñas explotaciones ganaderas en mitad de la garriga dan paso, después de cala Torrent, a espléndidos acantilados desnudos de arbolado, que no de vegetación. La que allí se encuentra acota el camino y traslada la impresión a quien lo sigue de avanzar por un laberinto entre podados setos. Los habitantes denominan a esta socarrell, y, al contrario de lo que pueda parecer al lego, constituye un conjunto de diferentes especies botánicas que han adoptado una misma forma de resistencia ante el entorno hostil: las ramas exteriores se secan y vuelven espinosas para proteger el interior húmedo y verde de la planta; así resisten el fuerte viento de tramontana o la alta salinidad del agua; aunque no sean aptas, como valoré en un primer momento, para extender sobre ellas el saco y dormir plácidamente, salvo que uno tenga vocación de faquir. Pero incluso estas desaparecen de forma abrupta antes de alcanzar el pequeño monumento en recuerdo del General Chanzy. Dejan un paisaje casi vacío de vegetación —excepto hierbas rastreras a merced de ovejas y cabras o una curiosa planta de bellísima flor perfumada que, más adelante sabría, tiene por fruto a la alcaparra y algunos vecinos recogen a primera hora de la mañana—, acotada por innumerables muros de piedra seca entre los que se levantan barracas piramidales —en las inmediaciones del faro hay dos muy altas desde las que se divisa en la distancia la isla de Mallorca— hasta alcanzar Pont d’en Gil, ya en las estribaciones urbanas que rodean Ciutadella.
En el interior de uno de esos cercados, bajo la última luz del día tiñendo el “mar de rojo vino”, me dispuse a hacer noche sobre el duro suelo. La temperatura nunca fue inconveniente. Las cálidas madrugadas, que superaron los veintidós grados durante mi estancia en la isla, incluso hacían aconsejable dormir al raso. Y así pude seguir, entre sucesivos duermevelas —he de reconocer que el enardecido espíritu aventurero no basta para ablandar el pétreo colchón isleño—, la totalidad del arco lunar hasta ser alcanzado por “la aurora de rosados dedos”: Nadie debería visitar las islas o el Mediterráneo en general, si no es bajo el influjo del espíritu homérico—.
Antes de alcanzar la segunda ciudad en importancia de la isla —o primera, eso lo dejo a merced de las tediosas disputas locales—, tras rebasar un dédalo de insulsas urbanizaciones miméticas, se encuentra el faro de Ciutadella, uno más de los que puntean la isla y dan seguridad al tránsito de embarcaciones hacia el hermoso puerto de la ciudad. Esta se halla al fondo del calcetín que conforma el atracadero, en su parte sur, y deja en el ánimo del caminante la melancolía de quien no dispone de más tiempo que el necesario para hacerse una somera idea del casco histórico, la catedral y la plaÇa des Born, flanqueada por el teatro y las imponentes casas señoriales que se asoman a ella. Aún así, la honda impresión que deja en mi alma la armoniosa sucesión de sombrías calles empedradas, donde las fachadas de las viviendas se pintan en tonos albero y las ventanas, puertas y celosías han sido decoradas en verde carruaje —a los hijos de la pérfida Albión, originarios de las británicas brumas y habitantes de la isla durante la mayor parte del siglo XVIII, hubo de resultarles especialmente doloroso desprenderse de este paraíso de sol y aguas cálidas y transparentes— me llevan a conjurarme para volver en otra ocasión: ¡Y son ya tantos los lugares a los que a uno le gustaría regresar que no alcanzarían —ay— tres vidas para hacerlo!
Toda la costa que se abre al este es de hosca piedra irregular y acantilado bajo —uno más de los paisajes de una isla que pone en cuestión tanto la aptitud de las caballerías para transitarlo como el nombre dado a la ruta—, y aparece salpicada de pequeñas ensenadas que miran a la costa mallorquina. En ellas sería propicio el baño si no estuviesen repletas de medusas que se desplazan en oscuros grumos a merced de la corriente. Se habrá de aguardar, pues, a las playas del sur —en la estación al abrigo del viento—, si uno desea sumergirse en el mar sin el inconveniente de una picadura urticante. Resulta fastidioso encontrarse frente a un mar de índigo azul y aguas transparentes y no poder disfrutarlo. De hacerlo, ha de prestarse especial atención a los erizos, que aquí son grandes como puños y no se consumen como en Asturias. El aguijonazo de cualquiera de sus púas podría dar al traste con la excursión. Los escarpines se imponen.
Antes de alcanzar el faro d’Artrutx comienzan a aparecer urbanizaciones con casas de ensueño a la vista de la bahía de Alcudia (Mallorca). La oscura presencia de su silueta escarpada aviva los sueños de quien no concibe la vida si no es como un plan de fuga; aquel para quien no hay sonido más bello que el de la amarra cayendo pesada sobre el pantalán o el pitido del tren abandonando la estación. Pero en esta ocasión ha de conformarse con el absurdo chunda-chunda que unos camareros —ignorantes y aburridos— escogen para él en el restaurante situado a pie de faro, pinchando de ese modo la irisada pompa de jabón de un ensueño feliz.
Una tras otra las calas se suceden hasta llegar a son Saura, la última de las que alcanzaré esa jornada. Antes, son Xoriguer, cala Parejalls, son Vell, Pesquera des Compte… en una sucesión de lugares hermosos a los que la retina se acostumbra, para disgusto su propietario, que reacciona pellizcándose. La gente goza del baño, ahora sí, a resguardo de las molestas medusas, entre docenas de artefactos flotantes que se agolpan en las ensenadas: veleros y yates de mayor o menor eslora, piraguas, botes a pedales, golondrinas con turistas, marineros llauts, tablas de paddle, etcétera. Todos disfrutan de unas aguas turquesas donde la arena refulge a escasos metros de profundidad; no en vano, estamos en julio; pasados dos meses, playas, calas y urbanizaciones quedarán tan desiertos como el segundo día de la Creación —cuando tuvo lugar la separación de la tierra y las aguas—, para disfrute exclusivo de los menorquines.
En esta parte del recorrido perimetral de la isla es donde se encuentra mayor presencia turística. Donde se hallan los hoteles de mayor altura —pocos, por suerte— y la presión se hace más evidente en forma de restaurantes, alojamientos, aparcamientos, supermercados o comercios que venden… ¡plástico!: sombrillas, colchonetas, aletas, gafas, cubos de playa y un largo etcétera concebido para no desperdiciar un solo segundo de diversión en el paraíso. Allí se ubica cala Galdana, el lugar en que un establecimiento de doce alturas se incrusta entre el pinar y la playa —y aún hemos de agradecer que la erección perpetrada para la firma Meliá no descuelle de la línea costera—. Pero una vez se encara de nuevo el sendero y dejamos atrás la zona urbana se renueva la alegría de caminar a la sombra de pinos, carrascas y alcornoques. De traspasar una tras otra las innumerables puertas construidas con madera de acebuche —el olivo silvestre del que se obtiene el material con que se elaboran los vallados que separan las fincas y el caminante ha de cerrar a su espalda, una vez franqueados—. El único sonido que escuchamos entonces es el de las cigarras entonando su salmodia; sólo cuando en la distancia comenzamos a oír voces y gritos sabemos que nos acercamos a una cala accesible por mar, tierra o los dos al tiempo: los veraneantes no dominamos todavía el noble arte de la felicidad silenciosa.
A una de esas calas de ensueño arrumba esa mañana una joven familia con dos niños. La mamá se sitúa en lo alto y toma una foto de la playa repleta desde el camino de acceso: “Bueno, luego puedo borrar a la gente”, espeta a su pareja, una vez lo ha hecho. Me alejo pensando en lo absurdo de la intención: ¡¿Qué pensará ella que es?! Confío en que no influencer. Aunque —reflexiono— el problema nunca está en quien influye, sino en el influenciado, incapaz de desarrollar criterio propio y acudir, como borrego que es, allá donde le indique su pastor o pastora.
Tal vez como castigo a mis perversas ideas los dioses me envían una singular advertencia. En el acceso desde el pequeño acantilado que lleva a cala Macarelleta, un resbalón sobre una piedra del Camí da con mis huesos en el suelo, dejándome a un palmo de la frágil valla de acebuche que se abre al abismo. Por fortuna, todo se queda en un susto y puedo alejarme sin asomar siquiera al lugar donde habría perdido la vida… “de manera ridícula”: no es que uno aspire a una muerte heroica, a habitar los Campos Elíseos junto a Aquiles y Ajax, pero tampoco es cosa de quedar destripado sobre las rocas en mitad de una soleada tarde de domingo. Aunque el lugar no podría haber sido más bello. Y es que nos encontramos en el Mediterráneo, en los dominios de Zeus, Poseidón, Atenea, Afrodita o Hera; estamos, pues, a merced de sus caprichos.
No deja de sorprender la ausencia casi absoluta de caminantes realizando la misma ruta, ya sea parcial o totalmente; tan solo en el norte encontré a tres muchachos con sus mochilas y en el este, ya al final del recorrido, a un grupo de seis chicas que hacían lo propio. Llama la atención, pues, aunque la ruta es accidentada, esforzada y con escasos servicios públicos —apenas los imprescindibles; las calas más populosas cuentan, sin embargo, con retretes portátiles bien mantenidos— o alojamientos, es también de una belleza apabullante, de paisajes contrastados y fáciles de recorrer, además de estar perfectamente señalizada y documentada —cada referencia etnográfica o biológica se desarrollada en pequeños paneles explicativos, generalmente a la sombra, que hacen el camino más enriquecedor, también en el aspecto cultural—. Y si uno se cansa, no tiene más que despojarse de la ropa y las botas y darse un baño reparador en el mar. La única precaución es ir bien provisto de agua, aunque acabe por calentarse. Dos botellines de 25 ml costaron a quien suscribe la friolera de cuatro euros en una golondrina. ¡Y aún hube de dar las gracias! Pero, al contrario de lo que temía, la ruta no es muy transitada. No al menos en el mes de julio.
Cuando parece que el camino se hace monótono —ya digo, uno ha de pellizcarse para no sucumbir a un síndrome de Stendhal natural— éste le recompensa con un espacio hostelero de primer orden: el chiringuito Es Bruc, en Sant Tomás, magnífico ejemplo de local que lleva al caminante a cuestionarse la idoneidad del lugar donde reside. Una pena no disponer de compañía en esa ocasión, ya que el entorno y la carta no se disfrutan de la misma manera en soledad.
Rodear el Torrent de son Boter y su marisma, en vez de la más árida aunque accesible playa de son Bou, tiene recompensa. A pesar de no existir puente ni pasarela que permita vadearla, que uno deba descalzarse y hundir los pies en el limo, la pequeña aventura merece la pena. Pues sólo de ese modo tiene ocasión de encontrar sentido al ciento de vallas que ha ido abriendo y cerrando a lo largo de la ruta. En ese punto, media docena de cerditos salen al paso del caminante con desconcertante afabilidad. Lamen sus pies desnudos y pugnan por acompañarlo al otro lado del vallado como si no fueran, en realidad, cochinitos que hozan en libertad. ¿Y si fuesen victimas de la maléfica Circe, la hechicera?
Una vez del otro lado, y antes de alcanzar las tediosas urbanizaciones o el adefesio hostelero de son Bou, aún tendré ocasión de disfrutar el intenso perfume de las higueras que flanquean el camino; la fruta favorita del menorquín, según parece. Les alabo el gusto.
Camino a caló Blanc surge de súbito, a la diestra, cala Llucalari; pedregosa, de acceso imposible de no ser a pie o por mar, podría formar parte de cualquier pasaje en La Odisea: escarpado lugar horadado de cuevas donde el astuto héroe troyano se encontraría con Polifemo y su rebaño. Desde allí a cala en Porter, siguiente punto “civilizado” del Camí, éste dibuja un profundo arco hacia el norte que sólo ahora comprendo, mientras escribo a la vista de Google Maps. Todos aquellos caminos particulares que debía sortear abriendo y cerrando vallas a mi paso, conducían a magníficas villas de descanso donde la exclusividad y la tranquilidad quedaban diluidas en el azul horizonte, lo único que compartían con este simple mortal. De modo que cuanto he escrito acerca del Camí y la falta de alojamiento, es falso: haberlos haylos, a cousa e poder pagalos. Claro que, una vez se hace noche en esos lugares de ensueño, ¿quién es el valiente que se calza las botas por la mañana y se echa al camino? Como en la fábula de la zorra y las uvas prosigo mi ruta, no sin antes asegurarme de que están verdes. Después de un trecho, obtengo como premio el barranco de cala en Porter. Espacio feraz, bendecido por los dioses, donde cereales y frutos parecen medrar sin esfuerzo. Lo tendrán, sin duda. Mas al observar desde un alto a los horticultores trabajar esos campos ganas dan de correr a alistarse. En una revuelta del camino, a la sombra de lo que un cartel ilustrativo describe como “Pacaneros” —cuatro imponentes árboles de 15 a 20 metros de altura, raro prodigio vegetal originario de México— una familia abandona el paraíso como si tal cosa: con la cotidianidad de quien va a comprar al pueblo un día entre semana. Verde de envidia los veo alejarse de su fresca casa encalada a la sombra de parras, nísperos, albaricoqueros y pacaneros magníficos. S’Hort Squella es uno de los lugares más bellos que he visto en la isla. Y son ya muchos.
El territorio es un regalo, un don que la Providencia otorga de modo temporal a los mortales para que se sirvan de él y lo entreguen, a ser posible mejorado, a su descendencia. A cierta altura de la vida, si uno echa la vista atrás, comprende que no hay ninguno absolutamente mejor que otro; que éste es, a la postre, aquello que sus habitantes hacen de él. Recorriendo Menorca estos días, contrastando —en ocasiones— la aspereza del paisaje, la histórica limitación de los recursos —agua dulce, terreno de cultivo, distancia a la península—, la privilegiada ubicación en las rutas comerciales, y, como contrapartida, la notable exposición a todos los vientos invasores, se valora más si cabe el carácter —paisajístico; el humano habrá de esperar a otra ocasión— de unas gentes que han sabido hacer de ese legado algo bello, por armónico, además de productivo. Donde vivir holgadamente nunca fue tan rentable, y al mismo tiempo tan expuesta su fragilidad: las actuales “invasiones bárbaras” llegamos por aire, en el vientre de los ferris o en vehículos de alquiler —una más de las reivindicaciones de quienes tratan de limitarlos—, además del número de plazas hoteleras que los políticos se lanzan como arma arrojadiza. Con todo, asociaciones como GOB Menorca se esfuerzan por poner coto a los desmanes urbanísticos, protegiendo la naturaleza de la codicia empresarial. De momento, parece que lo consiguen.
Ignoraba al recorrer el barranco de cala en Porter, perfecta maravilla de integración natural y explotación agrícola, que unos centenares de metros más adelante desembocaría abruptamente en la urbanización que se encaja en esa cala. No obstante, luego de recorrerla de punta a cabo, concluyo que el destrozo no es para tanto; que entre aventar trigo en la era o atesorar el agua escasa en un aljibe, o vivir de forma más o menos ordenada y respetuosa del turismo, media un abismo.
Sin duda no lo entenderán igual los vecinos de Binibeca Vell, quienes, hartos de la masificación turística que se sucede cada verano al pie de sus viviendas —un pueblo artificial de pescadores, encargado por un grupo de propietarios en 1964 a los arquitectos Antonio Sintes Mercadal y Francisco Juan Barba— amenazan, sesenta años después de la construcción, con echar el cierre e impedir que puedan visitarlo las 800.000 personas que lo hacemos cada año. Los “afortunados” vecinos no contaban, cuando encargaron ese “paraíso” junto al mar, con los perniciosos efectos del turismo; mucho menos con la proliferación de Internet y las redes sociales: en Instagram, #Binibeca aparece 61.200 veces. La prohibición, reconocen los vecinos, no será sencilla, ya que supondría interrumpir otro de los reclamos de la isla, precisamente, El Camí de Cavalls que ahora recorro.
Desde caló Blanc se suceden monótonas las urbanizaciones hasta llegar a Punta Prima, lugar en el que daba comienzo este relato y que representa el punto de partida de la última etapa. Por desgracia, no de modo tan poético o evocador a como lo hacía al principio. También en ese punto, y una vez la sirena se hubo perdido en aguas transparentes, un hombre maduro avanza en la misma dirección. Palea sobre una tabla de paddle surf, pero, al contrario que aquella, impone su presencia a cuantos nos hallamos en el estrecho canal que separa ambas islas. Apoya en la proa de su tabla un teléfono móvil, y en lugar de disfrutar de la maravilla en la que se encuentra inmerso, radia a voces su felicidad por videollamada; imagino que con intención de provocar la envidia de su lejano interlocutor. “También esto es Menorca —recuerdo haberme dicho—: dos formas antagónicas de concebir el mismo paraíso”.
Discurren lentos los pasos cuando no se desea alcanzar el destino. Remolonea la intención y se hace vaga entre baños y soñadoras miradas a un azul horizonte tras el que se encuentra, si la geografía no me engaña, la isla de Cerdeña. A una jornada de navegación hacia el este y a rumbo encontrado al surcado por Odiseo para honrar a sus soldados muertos en la guerra de Troya. Caló Roig, Alcaufar, Rafalet, cala San Esteve… ¡Cómo no van a desear instalarse aquí los extranjeros!; disfrutar, igual que los locales, de este enclave de ensueño y agua transparente. En San Esteve tomaré el último baño antes de emprender camino hacia Maó. Es entonces cuando comienzo a sentir en los riñones la evidencia del esfuerzo y la sobrecarga de la mochila, manifestarse en forma de atroz lumbalgia. Como resultado, quedaré postrado en cama la última tarde de esa jornada en la isla. Por suerte, y con ayuda de los amigos, lograré alcanzar un hospital donde me inyectarán relajante muscular y analgésico. Así, de manera tan poco épica, concluirá mi particular Odisea en una isla que quedará para siempre grabada en mi corazón. Una Ítaca a la que regresar, dioses mediante, antes de que transcurran diez años.
Nota: En una muestra de justicia poética encuentro en el camino, entre dos muros de piedra seca, a una de las brigadas encargadas del mantenimiento del mismo. Un operario repasa con pintura y plantilla uno de los cientos de postes indicativos del Camí; otro desbroza el área por el que discurre; un tercero se ocupa de reparar la cancela de una de las vallas de acebuche; sorprendido, me muestro agradecido a su trabajo: “nunca me he perdido”, subrayo. Veo cómo se iluminan sus caras con mis palabras, y este será uno de los muchos regalos que me traigo de la isla. Otro son los amigos que dejo en ella.







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