Panamá, el trópico, la enfermedad mental, los cuidados y la familia no parecen a priori los elementos más atractivos para encerrarse durante hora y media en una sala a oscuras y, sin embargo… Aquello que la directora Ana Endera Mislov nos propone, partiendo de un guion propio y escrito a cuatro manos con la coguionista Pilar Moreno, nos interpela y amenaza como una bomba de relojería colocada bajo las entretelas de cualquier corazón sensible. Pues la historia que nos ofrecen semeja la liberación de un mecanismo de relojería al que parece que hubieran dado cuerda al principio del filme y esta se fuese liberando a lo largo de él, revelando, como en un reloj de cucó, sucesivas sorpresas inimaginadas que avanzan implacables hacia el clímax emocional.

Pero me explico. En su aparente simplicidad inicial, Querido Trópico se presenta como un manido relato de explotación laboral en el que una muchacha inmigrante, en los primeros meses de su embarazo y de origen colombiano —Cali, el lugar es importante—, accede a trabajar como cuidadora de una mujer mayor que padece una enfermedad mental. Es la hija de esta quien la contrata y desde el primer momento previene contra ella: “mami no es fácil, tiene un carácter fuerte”.

La relación que a partir de ese momento se va estableciendo entre las dos mujeres pasa por una desconfianza huraña y altiva de parte de la anciana, y lo hace en el sentido que el espectador espera: una joven humilde y encinta ante una anciana rica y liberal que desconfía de ella; el acusado contraste entre las viviendas de una y otra: un humilde apartamento compartido en algún extrarradio de Ciudad de Panamá, frente a una ostentosa mansión en algún barrio acomodado de la misma ciudad y con un hermoso jardín tropical en su interior. Este último, bajo los atentos cuidados de la anciana, luce como una cálida selva tropical, como un útero materno y confortable que las mantiene a salvo de cualquier agresión o incomodo.

La relación avanza con pequeñas tensiones y alguna humillación que, por otra parte, la empleada tolera y acepta; quién sabe si llevada de una profesionalidad indulgente o tal vez bajo la influencia de su propia maternidad y la paz que esa espera le aporta. Mas, el primer personaje que asoma tras la portilla de ese reloj suizo, lo hace casi al principio de la trama: la empleada no está embarazada, lo finge y se faja para ocultarlo. ¿Por qué? Ese run-run acompañará al espectador durante el segundo tercio de la película. Mientras, la relación laboral prosigue y la relación se estrecha unas veces y se ensancha otras sin llegar nunca a quebrarse. Quedamos en que la chica, aunque mienta respecto a su embarazo, es una profesional: atiende con comprensión y cariño a una anciana que lejos de valerse por sí misma como a veces cree, arrogante, pierde por momentos el sentido de la orientación y las cosas e incluso llega a acusarla de robo. La joven jamás pierde el temple, con ternura y paciencia la ayuda ella misma a buscar aquello que la anciana dice haber perdido o le ha sido robado. Todo, menos la consciencia.

Al tiempo, ocurre que la chica visita las maternidades públicas, toma cita en ellas y aguarda paciente su turno junto a otras mujeres que también esperan un hijo. Se interesa por su estado, por el número de meses de embarazo, por los caprichos si los tiene o por el nombre que le pondrá a la futura criatura. Hace eso mismo en cualquier ámbito donde se encuentre con otra mujer en la misma situación: el supermercado, el transporte público, etcétera. Pero, ¿por qué lo hace si ya sabemos que no está embarazada? ?¿Cuál es su objetivo? ¿Cuáles sus intereses?

¿Tal vez los papeles de residencia? ¿Será más sencillo obtenerlos de ese modo? Ella insiste a su empleadora con el fin de obtenerlos. Ahí es donde se nos revela que es de Cali, que tiene un pasado, unos hermanos, una madre anciana ya fallecida y… un embarazo previo. Se nos revela encinta en una fotografía junto a ella. Pero ¿Qué se hizo de ese bebé?

En este punto, y mientras la relación entre las dos mujeres se ha estrechado hasta alcanzar la intimidad, donde en el jardín —el bien más preciado que la anciana posee— que las cobija y protege la joven ha sido aceptada —también— como cuidadora de sus plantas, la vieja se muestra desencantada con los hijos: “no sirven para nada —dice a una mujer que espera uno—, he tenido cuatro y, ya ves”.

Pero, un instante después, asoma la segunda de las figuras de este reloj que nos viene acompañando. La señora descubre accidentalmente que la joven no está embarazada, que es todo un fingimiento. ¿Qué pasará ahora? ¿La empleada será humillada? ¿La despedirán de manera fulminante? ¿La denunciaran? Nada de eso. La mujer le guardará el secreto. La encubrirá frente a su hija. Celebrará como una más de la familia el cumpleaños de la anciana. Será a quien esta más aprecie, antes que a hijos y nietos. Obtendrá los papeles de residencia. La relación se estrechará aún más en forma de confidencias vitales, paseos al parque, escapadas delirantes en mitad de la noche, desvaríos, accidentes escatológicos y, en fin, la vida, que avanza.

Mas, en esta matrioska que es la trama aún continuarán apareciendo sorpresas. Y en ese avance imparable que es la vida, la empleadora plantea a su madre la posibilidad de buscar otra empleada: la que tiene no podrá atenderla de aquí a poco en su avanzado estado  de gestación. En ese momento, el espectador sabe más que —algunos— de los personajes. Es por eso que el suspense se mantiene y aun así la historia nos sigue interpelando: “Es cierto, el tiempo juega en contra de la muchacha. ¿Qué sucederá ahora? ¿Cómo saldrá esa mujer del lio en el que se ha metido? Aunque, lo más importante, seguimos sin saber por qué lo ha hecho. Qué la ha llevado a fingir un embarazo cuando era cuestión de tiempo que sería descubierta. Muy probablemente el anhelo de ser madre. El propio deseo fracasado de un embarazo anterior y la esperanza insensata de paliar su dolor con un embarazo impostado.

La anciana muere, claro. Pero lo hace antes de que la chica sea descubierta. Se nos muestra así la hipocresía de la familia –“los hijos no sirven para nada”—, las lágrimas de cocodrilo, el fingimiento que, de algún modo, todos necesitamos para vivir: la anciana –“se fue sin sentir”, revela la cuidadora a su empleadora—, la joven, la familia, el espectador.

Queda patente que el relato que nos presentan sus autoras es fantástico. Pero nada se ha dicho de la interpretación de Paulina García en el papel de Mercedes, la anciana con principio de demencia: soberbio; plagado de matices, silencios, miradas extraviadas, temerosas o angustiadas en la enfermedad; felices o escépticas cuando la consciencia lo permite. Ni de la estupenda actuación de Jenny Navarrete en el papel de Ana María, la empleada: contenida, misteriosa, tierna, comprensiva, servil cuando conviene. El resto de actores, con no hacerlo mal, son muy secundarios en este duelo de damas. Memorable por lo tierno, el momento que se muestra en el cartel de la película, cuando la lluvia tropical descarga sobre esas dos mujeres frágiles y llenas de vida a pesar de sus dramas internos. Magnífica la fotografía, intimista, detallista, insinuante, tropical. Una pena el sonido que, por momentos se desentiende de la imagen, confundiéndonos. Magnífico el guion —ya se dijo— y la gestión de unos conflictos que se nos van presentando, sucesivos, inapelables.

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