El jinete eléctrico

Este jinete resulta, visto cuarenta y cinco años después de su estreno, toda una declaración de intenciones acerca de los valores que acompañaron a Robert Redford, su protagonista, hasta su fallecimiento en fechas recientes: un canto a la naturaleza salvaje y a los espacios abiertos  que él defendió durante gran parte de su existencia; también a cierto sentido de la justicia y la armonía que nada tienen que ver con la codicia y la explotación voraz de los recursos del país que lo vio nacer y triunfar: los obscenos Estados Unidos que lo vieron, también,  morir. Amante de los caballos, las causas honestas y una forma de entender el séptimo arte concebida desde el riesgo y el compromiso, apostó por ser algo más que una cara bonita; un don con el que contaba desde la cuna —gracias también a Natura— y que pudo haber rentabilizado encadenando una anodina película tras otra. Decidió no hacerlo así. Los títulos e historias por las que se inclinó son leyenda del cine. Lo mismo que la escuela y el festival que promovió en Salt Lake City y cuyo nombre tomó del personaje que le dio fama internacional, Sundance Kid, junto a su compañero y amigo Buck Cassidy (Paul Newman), otro guapo brillante, enorme actor y, lo mismo que él, comprometido.

Pero, compromisos aparte, lo que este jinete cuestiona es la vacuidad del capitalismo feroz al que sirve; un sistema económico capaz de cualquier cosa por obtener beneficio inmediato y duradero a cualquier precio y que lejos de debilitarse se retroalimenta en una espiral voraz y aniquiladora que todo lo envuelve. Por supuesto, también a ese vaquero. Centauro de rodeo cosido a lesiones, en el declive de una carrera que conoció tiempos mejores, hoy se sirve de su pasada fama vendiendo cereales para el desayuno y pervirtiendo su imagen: vestido con un traje de luces de colores que siluetean su cuerpo y con el que ni siquiera se distingue si es él u otro quien cabalga en la pista; las mismas luces de la ciudad de las Vegas, paradigma de la banalidad y el mal gusto, ejercen como plaza promocional de la compañía a la que este vaquero sirve, a su pesar. Pero será el caballo que forma parte del logotipo de la empresa que lo contrata el que desencadene su caída del mismo; el vaquero como moderno San Pablo que tomará desde entonces contacto con su humillante realidad y buscará el camino de vuelta desde el alcoholismo, la frivolidad y la indiferencia en la que se halla sumido. El caballo, un carísimo semental —socorrida metáfora de la propia experiencia del jinete—, asiste drogado a las campañas publicitarias de la compañía. Nuestro hombre decide liberarlo; emprender con él una huida hacia las montañas a las que estima que el animal pertenece y a las que se propone devolverlo para cumplir su cometido natural, de nuevo según su criterio. —Resulta impagable la escena en la que caballo y caballista huyen al trote a través de las calles iluminadas de Las Vegas cuando, de súbito, al segundo se le "acaban las pilas" y pasa a confundirse en la noche con un transeúnte más, no como la imagen delirante salida de uno de las docenas de casinos que pueblan la ciudad—. Como es lógico, la empresa propietaria del animal tratará de impedirlo desencadenando una carrera frenética para capturarlo. Al tiempo, una ambiciosa y tenaz periodista intentará conseguir la exclusiva de esa persecución y divulgarlo, alimentando la misma maquinaria capitalista desde otro ámbito, el de la publicidad televisiva. Con tal excusa, se plantea el conflicto entre  fuerzas antagónicas que pugnan por alcanzar cada una sus objetivos: el mercado por exponer un poder que considera legítimo y la empresa de comunicación por dar cobertura a ese mercado; la mujer periodista servirá a su ambición al tiempo que sirve al medio que la contrata. De otra parte, el empecinamiento de un hombre en lucha por una causa que considera justa, romántica, casi con seguridad abocada al fracaso, además de último clavo al que aferrarse antes de caer en su propia degradación. Durante la huida asistimos al proceso de transformación del héroe —heroína en este caso— quien acaba por comprender las razones que impulsan al hombre y tomar parte en ellas, encubriéndolo. No sólo se enamora de su causa, también lo hace de él y eso facilita un poco las cosas. Pero serán la sagacidad, inteligencia y conocimiento del medio de este "buen salvaje" quienes conducirán la empresa a buen puerto: al optar por mentir a la mujer respecto del destino final que los tres llevan se habrá garantizado el éxito de la misma; de otro modo, todo se habría ido al traste, hubiera podido más la ambición profesional que el amor por una buena causa.

Jane Fonda y Robert Redford, tan jóvenes y bellos como buenos actores, al servicio de una historia que, vista a día de hoy, resulta casi naif: tan obscena es la cruzada del capital y el negacionismo contra toda causa climáticas o defensa del medio natural. ¡Impagable la imagen de ellos dos en el cartel de la película! Representan la frescura, el descaro y la irreverencia de la juventud que —ay— nos abandona poco a poco, además de servir a la historia con su inconfundible aire de rodeo.

Sorprendente la aparición del cantante Willie Nelson en calidad de representante y amigo del jinete; tan chabacano, alcohólico y mujeriego como éste, llama la atención el trato que se dispensaba entonces a las mujeres en los guiones (y fuera de ellos); hoy resulta chocante observarlos en la pantalla como una imagen deformante de la sociedad que fuimos —todavía se mantienen arraigadas rémoras— y vamos dejando atrás, no sin dificultad. 

Sidney Pollack, director de esta y varias obras con Redford, interviene en un pequeño cameo; además de poner su magisterio al servicio de una historia sobria y concisa y mostrar como se cuenta bien un relato.

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