Brubaker
El relato interpela al espectador. Lo interroga acerca de la
connivencia o no con un sistema podrido hasta la médula, y con el desempeño que
uno tendría en esa "sociedad patibularia", de formar parte de ella:
el mundo reducido a un microcosmos donde solo cabe ser depredador o presa;
carnívoro o herbívoro en una jungla inclemente donde la única forma de
supervivencia pasa por la adaptación al medio, aun a costa de renunciar a toda
humanidad; donde cualquier muestra de compasión o piedad sea tenida
por debilidad y, consiguientemente, quien la ofrece quede expuesto a las garras
de quien practica la violencia al amparo del Estado. Un Estado represor,
vengativo, que concibe el Sistema Penitenciario no con un espíritu
rehabilitador y reintegrador del delincuente a la sociedad —como sí ocurre en
la mayoría de estados europeos, con más o menos fortuna; aunque con un propósito
que resulta fundamental: la intención rehabilitadora del reo— , sino como un vehículo meramente
punitivo —el Norteamericano; y el de muchos otros regímenes totalitarios— donde
los trabajos forzados, la represión y los castigos físicos estén (o estaban, en
la época y lugar mencionados) a la orden del día; donde, para colmo de males,
el penal estaba obligado a ofrecer al Estado unos beneficios económicos que
ponen a la institución en competición con otras tantas de características
semejantes. Dejando la puerta franca a la descomposición del sistema y a la
degeneración de sus integrantes, abierta a todo tipo de tropelías.
Así, mientras la rueda gira y los hechos se suceden sin
contestación, no hay conflicto aparente. Este aparece cuando al penal llega un
nuevo alcaide, Henry Brubaker, dispuesto a hacer las cosas de otro modo. A
luchar contra el sistema desde dentro para tratar de mejorarlo. Para denunciar
la corrupción e intentar devolver a los presos un ápice de humanidad y confianza en sí
mismos; para acabar con el maltrato sistemático a unas personas a las que se
victimiza por partida triple: privados de su libertad, son obligados a llevar a realizar trabajos forzados y hacerlo, además, en unas condiciones de salubridad y
alimentación tan deficientes que los hombres acabaran transformados en bestias.
Entonces, harán lo que sea para sobrevivir, incluso colaborar en la represión
con el mismo sistema que los reprime, en una espiral de violencia sin fin.
Brubaker, el nuevo gestor de la institución de Wakefield,
—así se llama el campo de concentración, antes que prisión— logrará gran parte
de sus objetivos: eliminar el trato vejatorio a los presos, acabar con el robo
de los alimentos destinados a los convictos y cuyos ingresos terminan en los
bolsillos de los funcionarios merced a la reventa, romper los contratos con
proveedores amañados y corruptos, e incluso establecer un conato de sociedad de
gestión donde los presos sean protagonistas de sus decisiones. Pero, con lo que
no puede acabar aunque se empeñe, es con la patulea de cadáveres que el podrido
organismo se ha cobrado hasta la fecha: doscientas fosas que albergan otros tantos cadáveres con muestras diversas de tortura en los huesos; y de las que el gobernador del Estado
no está dispuesto a admitir, mucho menos de responsabilizarse. Las reformas tienen un límite, faltaría
más.
El alcaide Brubaker es destituido, sustituido por uno más
afín al entramado de corrupción, y dispuesto a continuar con las maneras de sus
predecesores en el cargo. Nuestro hombre, en cambio, abandonará el recinto
penitenciario decepcionado y con la labor inconclusa. Eso sí, entre aplausos de reclusos al otro lado de las vallas. El hombre que arranca la
salva de aplausos es el mismo que dudaba de la posibilidad de cambiar nada en
un sistema corrupto. Entonces, ¿qué se ha logrado? Si acaso, vivir el espejismo
de una humanidad que dejará un sabor agridulce en las bocas de esos hombres:
otra vía es posible, sí; pero si quien tiene el poder y los medios no pone de
su parte, nada puede hacerse.
Al final, el negro estaba en lo cierto, parece que el cinismo sea la única vía posible.
Memorable, una vez más, Robert Redford, en un papel que, sin ser brillante, sostiene la película sobre sus hombros frente a una gran cantidad de secundarios de lujo; entre ellos, un joven Morgan Freeman, casi irreconocible en el papel que interpreta: cuesta creer que ese hombre estuviera llamado a ser la estrella que fue más adelante.

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