Brubaker

Durante el desarrollo de esta historia uno de los personajes viene a insinuar más o menos, "no es posible cambiar el estado de las cosas; la corrupción del poder y su inercia son tan fuertes que acaban por fagocitar a todo aquel que se enfrenta a ellos, aun cuando esa persona o grupo estén dispuestos a resistir en la brega hasta el final". Cuando el espectador lo escucha, bien avanzada la proyección, desea pensar que tal afirmación no es cierta. Que quien la expresa está tan habituado a las corruptelas que estas han pasado a formar parte de su medio natural y las ha asimilado sin posibilidad de enmienda. Lo han llevado a desarrollar un cinismo carente de nobleza que lo traspasado. Y aun cuando está en contra de aquello que ve y no le gusta, se muestra incapaz de mover un dedo por cambiarlo. El personaje del que hablamos es un funcionario de prisiones. El medio en que se desenvuelve, un penal ubicado en el profundo sur norteamericano. La época en la que suceden los hechos, los años sesenta del siglo pasado. La persona es, por más señas, un hombre de raza negra en una sociedad profundamente racializada, incluso a día de hoy. 

El relato interpela al espectador. Lo interroga acerca de la connivencia o no con un sistema podrido hasta la médula, y con el desempeño que uno tendría en esa "sociedad patibularia", de formar parte de ella: el mundo reducido a un microcosmos donde solo cabe ser depredador o presa; carnívoro o herbívoro en una jungla inclemente donde la única forma de supervivencia pasa por la adaptación al medio, aun a costa de renunciar a toda humanidad; donde cualquier muestra de compasión o piedad sea tenida por debilidad y, consiguientemente, quien la ofrece quede expuesto a las garras de quien practica la violencia al amparo del Estado. Un Estado represor, vengativo, que concibe el Sistema Penitenciario no con un espíritu rehabilitador y reintegrador del delincuente a la sociedad —como sí ocurre en la mayoría de estados europeos, con más o menos fortuna; aunque con un propósito que resulta fundamental: la intención rehabilitadora del reo— , sino como un vehículo meramente punitivo —el Norteamericano; y el de muchos otros regímenes totalitarios— donde los trabajos forzados, la represión y los castigos físicos estén (o estaban, en la época y lugar mencionados) a la orden del día; donde, para colmo de males, el penal estaba obligado a ofrecer al Estado unos beneficios económicos que ponen a la institución en competición con otras tantas de características semejantes. Dejando la puerta franca a la descomposición del sistema y a la degeneración de sus integrantes, abierta a todo tipo de tropelías. 

Así, mientras la rueda gira y los hechos se suceden sin contestación, no hay conflicto aparente. Este aparece cuando al penal llega un nuevo alcaide, Henry Brubaker, dispuesto a hacer las cosas de otro modo. A luchar contra el sistema desde dentro para tratar de mejorarlo. Para denunciar la corrupción e intentar devolver a los presos un ápice de humanidad y confianza en sí mismos; para acabar con el maltrato sistemático a unas personas a las que se victimiza por partida triple: privados de su libertad, son obligados a llevar a realizar trabajos forzados y hacerlo, además, en unas condiciones de salubridad y alimentación tan deficientes que los hombres acabaran transformados en bestias. Entonces, harán lo que sea para sobrevivir, incluso colaborar en la represión con el mismo sistema que los reprime, en una espiral de violencia sin fin.

Brubaker, el nuevo gestor de la institución de Wakefield, —así se llama el campo de concentración, antes que prisión— logrará gran parte de sus objetivos: eliminar el trato vejatorio a los presos, acabar con el robo de los alimentos destinados a los convictos y cuyos ingresos terminan en los bolsillos de los funcionarios merced a la reventa, romper los contratos con proveedores amañados y corruptos, e incluso establecer un conato de sociedad de gestión donde los presos sean protagonistas de sus decisiones. Pero, con lo que no puede acabar aunque se empeñe, es con la patulea de cadáveres que el podrido organismo se ha cobrado hasta la fecha: doscientas fosas que albergan otros tantos cadáveres con muestras diversas de tortura en los huesos; y de las que el gobernador del Estado no está dispuesto a admitir, mucho menos de responsabilizarse. Las reformas tienen un límite, faltaría más. 

El alcaide Brubaker es destituido, sustituido por uno más afín al entramado de corrupción, y dispuesto a continuar con las maneras de sus predecesores en el cargo. Nuestro hombre, en cambio, abandonará el recinto penitenciario decepcionado y con la labor inconclusa. Eso sí, entre aplausos de reclusos al otro lado de las vallas. El hombre que arranca la salva de aplausos es el mismo que dudaba de la posibilidad de cambiar nada en un sistema corrupto. Entonces, ¿qué se ha logrado? Si acaso, vivir el espejismo de una humanidad que dejará un sabor agridulce en las bocas de esos hombres: otra vía es posible, sí; pero si quien tiene el poder y los medios no pone de su parte, nada puede hacerse. 

Al final, el negro estaba en lo cierto, parece que el cinismo sea la única vía posible.

Memorable, una vez más, Robert Redford, en un papel que, sin ser brillante, sostiene la película sobre sus hombros frente a una gran cantidad de secundarios de lujo; entre ellos, un joven Morgan Freeman, casi irreconocible en el papel que interpreta: cuesta creer que ese hombre estuviera llamado a ser la estrella que fue más adelante. 

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