Andy
Andy parte con un amigo hacia
Estados Unidos. Toman trenes, autobuses, se suben en coches de fortuna o vadean
ríos sobre neumáticos de camión con plataforma de madera; se alojan en centros
de acogida, confortables viviendas con aire acondicionado y jardín —rara vez—,
duermen al aire libre o en el interior de ruinosos edificios abandonados;
cruzan ríos y atraviesan la noche sobre el techo de vagones de ferrocarril; transitan
el desierto en el volquete de las camionetas y conocen a gentes de toda edad y
condición: jóvenes, niños, mayores; delincuentes, narcotraficantes, coyotes
—tipos que, con suerte y previo pago de una cantidad de dinero desorbitada, te
engañan para dejarte a éste lado de la valla fronteriza—; asistentes sociales, policías,
violadores...Toda una experiencia poblada de excitante aventura, acorde con su
edad y condición —Andy y su amigo tienen doce y diez años—,
si no fuera porque ambos pretenden franquear una de las fronteras más peligrosas
del mundo sin apenas dinero y sin nadie que aguarde al otro lado: Andy, tan
sólo cuenta con un número de teléfono anotado en un papel gastado; su amigo, ni
siquiera con eso: alberga la fantasía de recordar a un padre al que no llegó a
conocer jamás. Todos quienes los acompañan en tan azarosa odisea tienen algo en
común: la misma pobreza, el mismo deseo esperanzado de encontrar una vida
mejor, un único afán por dejar atrás la injusticia y la violencia aparejada. O
bien, en la otra cara de la moneda, la codicia del desalmado, la represión de
los Estados para tratar de contener lo inevitable.
Por lo demás todos, mujeres y
hombres, niños y adultos conforman una entidad con destino común: el territorio
al otro lado del Río Grande, la Tierra Prometida. En el camino, policía
migratoria, violencia extrema, delincuentes a quienes el tráfico enriquece. Bastan
sólo estos mimbres para tener una buena historia: el objetivo de los personajes
es idéntico, el conflicto acude a su encuentro. Basta con existir sobre el
territorio que atraviesan unos para que los otros, depredadores, acudan a
saciarse: igual que los osos —o los pescadores— aguardan a los salmones cuando
regresan a desovar al río que los vio nacer. La presa es fácil y
abundante.
La suerte y la desgracia se cruzan por igual en el camino de estos muchachos, igual a como lo harían en la vida real: a ratos esquiva, en ocasiones favorable, reparte juego sobre unos destinos cuyos propietarios no siempre están en condiciones de aprovechar. Al fin y al cabo, tan sólo son niños. Mas no exactamente. Aunque se adivine desde el principio —en el gesto, en las maneras delicadas—, Andy es una niña; salvo que se faja los pechos por razones evidentes: trata de evitar la segura violación a que será sometida, de conocerse. Ambos, Andy y su amigo, vuelan como polillas hacia la luz que ha de abrasarlos y solo el espectador parece conocer. O eso cree. Por suerte, la historia sigue su curso y depara sorpresas. Al otro lado de esa frontera existe, efectivamente, una madre que abandonó a Andy para buscar una vida mejor más al norte. Y no sin sacrificios, lo logró... Pero a costa de dejar en el camino a una hija que ahora acude a su encuentro, justo cuando ha conformado una nueva vida y la fortuita aparición de esta viene a comprometer una felicidad apenas esbozada. La madre justifica el abandono con el dinero enviado a lo largo de los años. Pero Andy necesitaba, además, el cariño de esa madre en fuga.
En una magnífica espiral de desgracia y fortuna, necesaria para hacer verosímil una historia tan descarnada como la vida, el compañero de Andy se deja atrapar por la policía migratoria; propicia así el camino hacia el éxito de aquella. Una muestra de generosidad y solidaridad bien reconocible entre desgraciados. Después de todo, a él sólo esperaba un padre imaginario en Chicago. Por su parte, Andy comprueba agriamente que los lazos de la sangre no bastan para garantizar el amor que ella necesita. Este ha quedado atrás, en el amparo que, sin conocerla, le ha brindado una doctora en el centro fronterizo de acogida.
Si se preguntan si ha
sido violada, lo ha sido; mas, por suerte para ella, en la única muestra de bienestar que le
brinda su madre biológica —una ducha caliente— queda diluída la
sangre de la ignominia. La esperanza está a su espalda, regresar es
más fácil.

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