Aïcha

Bajo el título genérico "Abusos y desmanes" el mes de abril se abre a la proyección de una serie de películas que coloca bajo un prisma introspectivo a sociedades muy diversas: Túnez, Dinamarca, Estados Unidos —unas ricas y otras menos— con un nexo común, el abuso cometido hacia el otro —por lo general más débil—, y no siempre ajeno a la familia, como podría esperarse en una primera mirada. Y es que a menudo es ahí, entre los más próximos, donde se agazapa el atropello al amparo del vínculo sentimental. En tal circunstancia, y una vez sometida, a la víctima le resultará muy difícil, si no imposible, desligarse de las ataduras que la retienen y comenzar una vida autónoma. Pero el desmán se ha cometido ya y, aunque lo consiga, las secuelas serán permanentes, lastrando a la persona durante gran parte de su existencia o toda ella.

Otro tanto le sucede a Aya, joven empleada en un hotel del sur de Túnez, donde atiende a los turistas en el servicio de comedor y habitaciones. El abuso se pone de manifiesto enseguida en el plano laboral: Aya mantiene una relación sentimental con un jefe mayor que ella y casado, por más señas. El clásico escenario donde el hombre promete durante largo tiempo abandonar a la esposa y no llega a hacerlo nunca. Se sirve de su situación de poder para retener a su lado a la joven bajo amenaza de rescindir el contrato, como hace de modo arbitrario con otros empleados. 

Pero éste será sólo uno de los muchos desmanes que le ocurrirán a nuestra protagonista a lo largo de su breve historia. Historia que, enseguida lo sabremos, comienza cuando los padres la emplean en ese hotel a los catorce años sin que concurra para ello otra circunstancia que las deudas contraídas por los progenitores. Antes que acudir a la escuela y formarse, atiende a ricos turistas en un lujoso hotel en mitad del desierto tunecino. Otra de las certeras miradas del director Mehdi Barsaoui, quien nos muestra dos Túnez bien diferenciados: uno lujoso y que cualquier europeo podría disfrutar por unos días como visitante privilegiado y otro más doméstico, el que vive una mayoría de la población y que, sin padecer miseria, sufre una estrechez donde los españoles nos reconoceríamos con facilidad, ochenta años atrás. 

Aunque, el modo en que comienza la emancipación de Aya —sí, acabará por conseguirlo— es bien rocambolesco. Una mañana, el autobús que la lleva al trabajo junto al resto de compañeros, se despeña por un barranco camino del hotel. Ella será la única superviviente. Previamente, el vehículo había sido abordado por una pasajera en la carretera —en mitad de la nada— solicitando transporte. A pesar de la negativa inicial, el conductor accede a llevarla. Tras el accidente, la policía da por muertos a todos los ocupantes del vehículo. Circunstancia que ella aprovecha para hacerse pasar por la pasajera polizón y diluirse en un oportuno anonimato. Así se pone a salvo, y, todavía magullada, acude al hotel y toma de la caja fuerte donde mantenía relaciones con el jefe una buena cantidad de dinero. El necesario para emprender la huida a la capital y reinventarse como persona. Pero antes, tiene las agallas de acudir a su casa y asistir a su propio funeral. Amparada en un burka y a una calle de distancia, no le resultará complicado. 

En este punto, el espectador ya se ha reconciliado con la joven, la impostura de su propia muerte la libera de la desafortunada situación sentimental y el abuso de unos padres que, después de todo, no quedarán desamparados: la indemnización del seguro los pondrá a salvo de la precariedad. Su sagacidad e inteligencia harán de la muchacha la persona que aspira a ser. Desde el punto de vista narrativo, la única pega es la cantidad de circunstancias que han de concurrir para que la trama sea verosímil —no serán las únicas— y el artefacto que plantea Barsaoui funcione: la muerte accidental de una persona anónima —los cuerpos resultan oportunamente calcinados— , el conocimiento de la clave de la caja fuerte, el seguro que amparará a los padres... En ocasiones todo el argumento parece traído por los pelos, una sucesión de desgracias ocurren a la chica para que ésta se muestre resiliente y supere la adversidad, aunque el relato resulte forzado. 

Ya en la capital, todo parece enderezarse. Amira —la chica ha adoptado un nuevo nombre — comienza a compartir piso con una estudiante de doctorado en Humanidades. ¡Albricias! La vida por fin le sonríe. Pronto descubriremos que la doctoranda no es tal, sino una depredadora en busca de piezas con que servir a sus jefes, patanes de la noche tunecina y propietarios de una discoteca en la que se produce un altercado con resultado de muerte en el que nuestra protagonista se verá implicada. Una china más en el zapato de Amira que el director coloca para mostrarnos la realidad policial y judicial de un país donde la corrupción campa a sus anchas y los crímenes se encubren. El joven ha muerto tras la brutal paliza que los vigilantes de la discoteca le han propinado bajo la acusación de haberse propasado con ella. Ahora, ésta se ve inmersa en una trama policial en la que debe testificar en contra del joven, sus amigos y familiares, o bien, perder el favor de sus supuestos valedores. La decisión que adopte pude poner patas arriba todo el sistema judicial y policial del país, pues arrecian las protestas por la muerte del joven y la judicatura se ve en una encrucijada. Es entonces cuando, después de algunas vacilaciones, el comisario que lleva el caso conduce a Amira por la senda "correcta". Al traer a colación el caso de un hermano represaliado y muerto por la policía durante los altercados ocurridos durante la Primavera Árabe, busca lavar su conciencia, encarar la cobardía por no haber peleado entonces lo suficiente. El caso fue archivado y ahora el policía pretende reabrirlo, espoleado por la causa de Amira y tras hacer un ejercicio de conciencia acerca de las razones que lo llevaron a convertirse en policía. 

El rompecabezas termina de armarse cuando el comisario, a cambio del testimonio favorable a la víctima y en contra de los empresarios malhechores, ofrece a Amira tomar una nueva identidad de entre las muchas de mujeres desaparecidas que figuran en los archivos policiales y no se investigan: un nuevo futuro libre de mancha, aunque amparado en un pasado negligente por parte de la autoridad policial. Amira elige entonces ser Aïcha (viva, en árabe), una nueva oportunidad para reinventarse y, tal vez, hallar la felicidad. 

De nuevo resulta inverosímil la fórmula con la que el director empuja la trama hacia donde le interesa: la corrupción a través de unos archivos olvidados, el hermano fallecido e insuficientemente reivindicado, los sueños traicionados, la estudiante de Humanidades cuyas compañeras de piso acaban todas por abandonarla... Todo resulta forzado en una película que, sin embargo, ofrece un fresco de la sociedad tunecina bien interesante: nada es como parece desde el hotel donde nos alojamos en nuestras vacaciones. 

Reseñar el hecho de que, si la joven consigue salir adelante entre tanta desgracia, no es sólo por mérito propio, ayuda policial o la falsa oportunidad que le brinda su compañera de piso, sino a causa de la bondad de una vecina. Ésta, propietaria la panadería del barrio donde vive, la acoge en su casa después de que la estudiante la eche de la suya. Previamente, Amira había defendido a la panadera de las agresiones de un marido maltratador en plena calle. Es por eso que se siente en deuda con ella y le ofrece trabajo y vivienda en su desamparo. Un elemento más de "refuerzo" por parte del director guionista para conducir la trama por el camino que le conviene. Y otra situación más donde el abuso se pone de manifiesto. 


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