Aïcha
Otro tanto le sucede a Aya, joven
empleada en un hotel del sur de Túnez, donde atiende a los turistas en el
servicio de comedor y habitaciones. El abuso se pone de manifiesto enseguida en
el plano laboral: Aya mantiene una relación sentimental con un jefe mayor que
ella y casado, por más señas. El clásico escenario donde el hombre promete
durante largo tiempo abandonar a la esposa y no llega a hacerlo nunca. Se sirve
de su situación de poder para retener a su lado a la joven bajo amenaza de
rescindir el contrato, como hace de modo arbitrario con otros empleados.
Pero éste será sólo uno de los
muchos desmanes que le ocurrirán a nuestra protagonista a lo largo de su breve
historia. Historia que, enseguida lo sabremos, comienza cuando los padres la
emplean en ese hotel a los catorce años sin que concurra para ello otra
circunstancia que las deudas contraídas por los progenitores. Antes que acudir
a la escuela y formarse, atiende a ricos turistas en un lujoso hotel en mitad
del desierto tunecino. Otra de las certeras miradas del director Mehdi
Barsaoui, quien nos muestra dos Túnez bien diferenciados: uno lujoso y que cualquier
europeo podría disfrutar por unos días como visitante privilegiado y otro más
doméstico, el que vive una mayoría de la población y que, sin padecer
miseria, sufre una estrechez donde los españoles nos reconoceríamos con
facilidad, ochenta años atrás.
Aunque, el modo en que comienza
la emancipación de Aya —sí, acabará por conseguirlo— es bien rocambolesco. Una
mañana, el autobús que la lleva al trabajo junto al resto de compañeros, se
despeña por un barranco camino del hotel. Ella será la única superviviente.
Previamente, el vehículo había sido abordado por una pasajera en la carretera
—en mitad de la nada— solicitando transporte. A pesar de la negativa inicial,
el conductor accede a llevarla. Tras el accidente, la policía da por muertos a
todos los ocupantes del vehículo. Circunstancia que ella aprovecha para hacerse
pasar por la pasajera polizón y diluirse en un oportuno anonimato. Así se pone
a salvo, y, todavía magullada, acude al hotel y toma de la caja fuerte donde
mantenía relaciones con el jefe una buena cantidad de dinero. El necesario para
emprender la huida a la capital y reinventarse como persona. Pero antes, tiene
las agallas de acudir a su casa y asistir a su propio funeral. Amparada en un
burka y a una calle de distancia, no le resultará complicado.
En este punto, el espectador ya
se ha reconciliado con la joven, la impostura de su propia muerte la libera de
la desafortunada situación sentimental y el abuso de unos padres que, después
de todo, no quedarán desamparados: la indemnización del seguro los pondrá a
salvo de la precariedad. Su sagacidad e inteligencia harán de la muchacha la
persona que aspira a ser. Desde el punto de vista narrativo, la única pega es la cantidad de circunstancias que
han de concurrir para que la trama sea verosímil —no serán las únicas— y el
artefacto que plantea Barsaoui funcione: la muerte accidental de una persona
anónima —los cuerpos resultan oportunamente calcinados— , el conocimiento de la
clave de la caja fuerte, el seguro que amparará a los padres... En ocasiones todo el argumento parece traído por los pelos, una sucesión de desgracias ocurren a la chica para que ésta se muestre resiliente y supere la adversidad,
aunque el relato resulte forzado.
Ya en la capital, todo parece
enderezarse. Amira —la chica ha adoptado un nuevo nombre — comienza a compartir
piso con una estudiante de doctorado en Humanidades. ¡Albricias! La vida por
fin le sonríe. Pronto descubriremos que la doctoranda no es tal, sino una
depredadora en busca de piezas con que servir a sus jefes, patanes de la noche
tunecina y propietarios de una discoteca en la que se produce un altercado con
resultado de muerte en el que nuestra protagonista se verá implicada. Una china
más en el zapato de Amira que el director coloca para mostrarnos la realidad
policial y judicial de un país donde la corrupción campa a sus anchas y los
crímenes se encubren. El joven ha muerto tras la brutal paliza que los
vigilantes de la discoteca le han propinado bajo la acusación de haberse
propasado con ella. Ahora, ésta se ve inmersa en una trama policial en la que
debe testificar en contra del joven, sus amigos y familiares, o bien, perder el
favor de sus supuestos valedores. La decisión que adopte pude poner patas
arriba todo el sistema judicial y policial del país, pues arrecian las
protestas por la muerte del joven y la judicatura se ve en una encrucijada. Es
entonces cuando, después de algunas vacilaciones, el comisario que lleva el
caso conduce a Amira por la senda "correcta". Al traer a colación el
caso de un hermano represaliado y muerto por la policía durante los altercados
ocurridos durante la Primavera Árabe, busca lavar su conciencia, encarar la
cobardía por no haber peleado entonces lo suficiente. El caso fue archivado y
ahora el policía pretende reabrirlo, espoleado por la causa de Amira y tras
hacer un ejercicio de conciencia acerca de las razones que lo llevaron a
convertirse en policía.
El rompecabezas termina de
armarse cuando el comisario, a cambio del testimonio favorable a la víctima y
en contra de los empresarios malhechores, ofrece a Amira tomar una nueva
identidad de entre las muchas de mujeres desaparecidas que figuran en los archivos
policiales y no se investigan: un nuevo futuro libre de mancha, aunque amparado
en un pasado negligente por parte de la autoridad policial. Amira
elige entonces ser Aïcha (viva, en árabe), una nueva oportunidad para
reinventarse y, tal vez, hallar la felicidad.
De nuevo resulta inverosímil la fórmula con la que el director empuja la trama hacia donde le interesa: la corrupción a través de unos archivos olvidados, el hermano fallecido e insuficientemente reivindicado, los sueños traicionados, la estudiante de Humanidades cuyas compañeras de piso acaban todas por abandonarla... Todo resulta forzado en una película que, sin embargo, ofrece un fresco de la sociedad tunecina bien interesante: nada es como parece desde el hotel donde nos alojamos en nuestras vacaciones.
Reseñar el hecho de que, si la joven consigue salir adelante entre tanta desgracia, no es sólo por mérito propio, ayuda policial o la falsa oportunidad que le brinda su compañera de piso, sino a causa de la bondad de una vecina. Ésta, propietaria la panadería del barrio donde vive, la acoge en su casa después de que la estudiante la eche de la suya. Previamente, Amira había defendido a la panadera de las agresiones de un marido maltratador en plena calle. Es por eso que se siente en deuda con ella y le ofrece trabajo y vivienda en su desamparo. Un elemento más de "refuerzo" por parte del director guionista para conducir la trama por el camino que le conviene. Y otra situación más donde el abuso se pone de manifiesto.

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